Carolina Mejía ganó con el 61% de los votos. Pero hay una lectura de ese resultado que ningún equipo de campaña debería ignorar.
El 18 de febrero de 2024, Carolina Mejía revalidó la alcaldía del Distrito Nacional con el 61% de los votos válidos. Un resultado que, leído en titulares, suena a una de las victorias más sólidas de la política dominicana reciente. Y lo es. Pero hay una segunda lectura de ese mismo dato que cualquier estratega serio tiene la obligación de hacer, aunque incomode.
La participación en esas elecciones fue del 46,7% del padrón. Eso significa que Carolina Mejía, con toda su legitimidad y toda su gestión, gobernará durante cuatro años con el respaldo activo de poco más de un cuarto del electorado habilitado para votar. No es una crítica a su resultado: es la aritmética de un electorado que, en su mayor parte, decidió quedarse en casa.
Ese 53,3% que no fue a votar es, hoy, el desafío político más importante que tiene Santo Domingo.
Y también, si se gestiona bien, su mayor oportunidad.
El 61% que esconde una vulnerabilidad estructural
En consultoría política, una de las primeras lecciones que aprendemos es que los grandes resultados pueden ocultar fragilidades que solo se revelan en el ciclo siguiente. Una victoria sobre un electorado poco movilizado construye una base más estrecha de lo que los números sugieren. Y cuando ese electorado latente se activa, puede hacerlo en cualquier dirección.
Santo Domingo tiene hoy un escenario de baja movilización que ha favorecido la continuidad del PRM. Pero los ciclos cambian. La oposición dominicana —fragmentada en 2024 entre el PLD y la Fuerza del Pueblo de Leonel Fernández— tiene cuatro años para reorganizarse, identificar un perfil municipal competitivo y construir un relato de alternativa. En 2028, ese electorado abstencionista podría ser el campo de batalla más disputado de la capital.
La pregunta que cualquier estratega debe hacerse ahora mismo no es cómo repetir el 61%. Es: ¿qué pasa con ese resultado si la participación sube al 65% o al 70%?
Y la respuesta a esa pregunta determina si la comunicación política de los próximos dos años es un activo o un pasivo.
El dilema de la doble dimensión: alcaldesa y Secretaria General
Carolina Mejía no es solo la primera mujer alcaldesa del Distrito Nacional en 524 años de historia. Es, simultáneamente, Secretaria General del Partido Revolucionario Moderno, el partido que hoy gobierna la República Dominicana. Esa doble condición es un activo extraordinario. Y un desafío comunicacional de primer orden.

Gestionar ambas dimensiones bajo un relato coherente —la alcaldesa que transforma la ciudad y la dirigente que proyecta un partido— requiere una estrategia de comunicación que muy pocas alcaldías del continente abordan con la precisión necesaria. Lo más frecuente es que una dimensión fagocite a la otra: o el perfil partidario opaca la gestión municipal, o la gestión local invisibiliza el liderazgo nacional. Ninguna de las dos opciones es aceptable cuando el horizonte político va más allá de 2028.
Porque hay una pregunta que flota en el ambiente político dominicano y que nadie formula abiertamente: ¿cuál es el siguiente paso de Carolina Mejía?
Esa pregunta no se responde con declaraciones. Se responde con trayectoria comunicacional construida desde ahora.
Lo que la gestión ha conseguido —y lo que la comunicación aún no ha capitalizado plenamente
Los datos de gestión son sólidos. Más de 182 parques recuperados o construidos mediante alianzas público-privadas. El Plan Integrado presentado junto al presidente Abinader en febrero de 2025 como hoja de ruta de desarrollo urbano sostenible. El reconocimiento internacional en Madrid durante el encuentro de la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas, donde Mejía actúa como vicepresidenta de Política Social y Bienestar. La organización de eventos de proyección global como la Copa Mundial Femenina Sub-17 de la FIFA.
Es una hoja de servicios que pocas alcaldías de América Latina pueden mostrar en este ciclo.
El problema no es lo que se ha hecho. Es que en política, lo que no se comunica estratégicamente, no construye capital político sostenible. Los parques son tangibles. La narrativa sobre lo que esos parques representan —un modelo de ciudad, una filosofía de gobierno, un proyecto de sociedad— es lo que diferencia a un buen gestor de un líder político con proyección real.
La comunicación de gestión municipal tiende a operar en modo reactivo: se anuncia la obra cuando está terminada, se comparte la foto en redes sociales, se responde al ciclo de noticias. Es comunicación correcta. Pero no es la comunicación que construye el tipo de autoridad política que se sostiene en el tiempo y que resiste los momentos de turbulencia.
El modelo que está funcionando en la región: de la gestión al liderazgo
En los últimos años, hemos trabajado en procesos electorales en Costa Rica, Honduras y otros mercados de América Latina, y hay un patrón que se repite con consistencia: los líderes que logran hacer la transición de gestor eficiente a referente político indiscutible son los que invierten en comunicación estratégica antes de que la necesidad electoral lo exija.
El caso más reciente que hemos vivido desde adentro es el de Costa Rica 2026. Álvaro Ramos partía con el 8-9% en todas las encuestas y terminó con el 33,4% de los votos, convirtiéndose en la segunda fuerza política del país. No fue magia: fue el resultado de leer correctamente el estado de ánimo del electorado, cambiar el tono comunicacional de la crítica a la esperanza, y humanizar un perfil político que los datos mostraban como excesivamente institucional.
El contexto de Carolina Mejía es radicalmente distinto —ella parte de una posición de fortaleza, no de debilidad— pero la lección es la misma: la estrategia de comunicación política no se activa cuando empieza la campaña. Se construye en los ciclos anteriores.
Como analizamos en detalle al revisar el ciclo costarricense, la participación récord y el voto útil concentrado son las dos variables que más frecuentemente redibujan los mapas electorales en América Latina. Santo Domingo en 2028 tiene los ingredientes para que ambas variables jueguen un papel determinante.
Lo que aprendemos cuando trabajamos para quienes diseñan las reglas del juego
Hay una diferencia sustancial entre asesorar una campaña electoral y trabajar con los organismos que definen los estándares de cómo los gobiernos deben relacionarse con su ciudadanía. Llevo años en ambos frentes, y esa doble perspectiva es difícil de encontrar en el mercado de la consultoría política, lo que me permite ver las cosas desde una óptica proactiva, no tanto reactiva.
Durante más de dos décadas he colaborado con la Organización de Estados Americanos (OEA) en programas de formación en gobierno abierto, con el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en estrategias de comunicación institucional, con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) en cursos internacionales sobre gobierno digital y participación ciudadana, y con el Centro Latinoamericano de Administración para el Desarrollo (CLAD) y el BID en proyectos de modernización de la gestión pública. República Dominicana, por cierto, ha sido uno de los países presentes en varios de esos procesos.
Lo que esa experiencia nos ha enseñado es algo que no aparece en los manuales de campaña: la comunicación de gobierno tiene una lógica radicalmente distinta a la comunicación electoral, y confundirlas es uno de los errores más frecuentes —y más costosos— que cometen los equipos políticos cuando pasan del modo campaña al modo gestión.
En campaña, el objetivo es movilizar y convencer. En gobierno, el objetivo es sostener la confianza en el tiempo, gestionar expectativas y convertir la gestión diaria en capital político acumulable. Son disciplinas distintas que requieren herramientas distintas.
Los tres pilares del gobierno abierto que hemos trabajado con la OEA —transparencia, participación y colaboración— no son principios abstractos. Son instrumentos concretos de comunicación política que, bien aplicados, construyen el tipo de vínculo con la ciudadanía que ninguna campaña publicitaria puede comprar. Y que, mal aplicados o ignorados, generan la brecha de desconexión que alimenta el abstencionismo.
El impacto de la tecnología en la política y lo que denominamos tecnopolítica —la intersección entre las herramientas digitales y el poder ciudadano— es precisamente el campo donde la alcaldía de Santo Domingo tiene mayor margen de crecimiento. No porque la gestión sea deficiente, sino porque las herramientas de participación y colaboración ciudadana que los organismos internacionales llevan años promoviendo en la región aún no están siendo utilizadas en todo su potencial comunicacional por las alcaldías más avanzadas del Caribe.
La comunicación multidireccional con la ciudadanía —no la difusión de logros, sino la construcción colectiva de agenda con la comunidad— es el siguiente estadio natural para una alcaldía que ya ha demostrado que sabe ejecutar. Y es, además, la herramienta más eficaz disponible para activar a ese 53% de electorado que en 2024 no fue a votar: no con propaganda, sino con participación real.
Nuestra experiencia impartiendo estrategia comunicacional para gobiernos electrónicos en la CEPAL nos ha dado una perspectiva que va más allá del ciclo electoral: la de los funcionarios y técnicos de una docena de países latinoamericanos que implementan estas estrategias desde adentro, con sus fricciones reales, sus limitaciones institucionales y sus victorias concretas. Cuando asesoramos una alcaldía, no llevamos teoría. Llevamos lo que funciona en la práctica, validado por los organismos que marcan el estándar regional.
Y sobre las preguntas que hoy plantea la tecnología al poder político —algoritmos, datos, regulación, soberanía digital— tenemos posiciones formadas desde la práctica, no desde la especulación académica.
Los tres frentes que requieren atención estratégica inmediata
Basándonos en el análisis del escenario dominicano y en nuestra experiencia en mercados de características similares, identificamos tres frentes donde la comunicación política de la alcaldía necesita evolucionar en los próximos 24 meses:
El electorado joven y el abstencionismo estructural. Santo Domingo tiene una base demográfica joven significativa que en 2024 no fue a votar. No porque rechace la gestión de Mejía, sino porque no encontró razones suficientes para ir a las urnas. Conectar con ese segmento requiere una estrategia digital específica que no puede esperar a 2027. Se construye con presencia sostenida, autenticidad y canales donde ese electorado ya está.

La narrativa de ciudad como proyecto colectivo. Los 182 parques son una historia extraordinaria de transformación urbana. Pero esa historia necesita un relato que la eleve por encima de la suma de obras individuales y la convierta en una visión de ciudad. Como planteamos en nuestro análisis sobre campañas híbridas, la integración entre presencia territorial y narrativa digital bajo un hilo conductor coherente es la única comunicación que construye vínculo duradero con la ciudadanía.
La gestión de la dimensión nacional sin descuidar la local. Como Secretaria General del PRM, Mejía es un activo del partido en toda la geografía dominicana. Cómo se gestiona esa presencia nacional sin que reste proximidad y credibilidad local es uno de los equilibrios más delicados de la comunicación política. La transparencia como eje de comunicación institucional es, en ese contexto, la herramienta más eficaz para mantener la confianza del electorado capitalino mientras se opera en escenarios más amplios.
Por qué ahora y no en 2027
En política, el tiempo tiene un valor asimétrico. Lo que se construye con dos años de anticipación cuesta una fracción de lo que cuesta corregir en los últimos tres meses. Los equipos de campaña que llegan tarde no tienen margen para construir narrativa: solo pueden reaccionar.
El ciclo 2026-2028 en República Dominicana tiene una complejidad adicional: es un período en el que el PRM deberá gestionar el desgaste natural del gobierno —ninguna administración llega al tercer ciclo sin fricciones— mientras mantiene la cohesión interna de cara a la próxima carrera presidencial. En ese contexto, Santo Domingo no es solo la capital. Es el escaparate político más visible del país.
La alcaldesa que llega a 2028 con una comunicación estratégica sólida, un electorado joven activado y una narrativa de ciudad coherente con su proyección nacional, llega en una posición muy distinta a la que llega gestionando la inercia de los dos mandatos anteriores.
La diferencia entre ambos escenarios no se decide en la campaña. Se decide ahora.