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El fin de las campañas tradicionales: así se gana hoy una elección en América Latina

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Las campañas ya no se ganan en la calle. Pero tampoco solo en redes.

Esa frase incómoda es el punto de partida de cualquier conversación seria sobre comunicación política en América Latina hoy. Los consultores que llevan décadas construyendo mítines masivos la leen como provocación. Los que viven pegados al dashboard de TikTok la leen como validación. Ambos se equivocan si se quedan con la mitad.

Lo que está cambiando no es el canal. Es la arquitectura completa de una campaña: cómo se construye la relación con el votante, cuándo empieza realmente la conversación, quién la conduce y, sobre todo, cómo se convierte en voto el día de la elección.

Lo sé por experiencia propia. El caso que voy a usar como hilo conductor de este análisis es uno en el que participamos directamente.

El mitin ha muerto. O casi.

El mitin ha muerto

Durante décadas, la foto del candidato frente a una multitud fue la medida de todo. Si llenabas la plaza, ganabas. Si la plaza quedaba a medias, perdías el ciclo mediático de esa semana y el equipo entraba en crisis.

Ese modelo tenía una lógica interna impecable: la concentración masiva era simultáneamente demostración de poder, evento mediático y mecanismo de cohesión interna. Un mitin bien ejecutado hacía tres cosas a la vez.

El problema es que hoy hace solo una de las tres, y cada vez peor.

La demostración de poder ha migrado a las métricas digitales. Un video que acumula dos millones de reproducciones en 48 horas comunica escala mejor que cualquier fotografía aérea de una plaza. El evento mediático ahora lo genera el contenido viral, no la convocatoria presencial. Y la cohesión interna —quizás la función más duradera del mitin— sigue siendo relevante, pero no requiere movilizar a decenas de miles de personas para lograrse.

Esto no significa que el territorio haya muerto. Significa que la función del territorio ha cambiado radicalmente. El trabajo presencial ya no es para producir imágenes de masas. Es para activar redes de confianza, consolidar el voto duro en distritos clave y asegurar la movilización el día de la elección. Son cosas distintas que requieren estrategias distintas.

Como analicé en detalle en campañas híbridas: construir un relato coherente entre el territorio físico y el digital, el error más frecuente no es elegir mal entre lo presencial y lo digital: es tratarlos como mundos separados en lugar de como capas de un mismo sistema.

TikTok político: no es entretenimiento, es infraestructura

En México, TikTok se ha posicionado como la quinta red social más utilizada entre quienes tienen acceso a un smartphone, con más de 74 millones de usuarios y una creciente tendencia a consumir noticias y contenido político. Ese dato solo tiene sentido cuando se entiende lo que implica estratégicamente: hay un universo de decenas de millones de personas que forma su percepción sobre candidatos y partidos a través de videos de menos de 60 segundos, con el autoplay activado, en los momentos de descanso del día.

Investigaciones recientes sobre el uso de TikTok en campañas presidenciales de la región evidencian que la integración de elementos técnicos, interactivos y narrativos fue clave en la difusión del mensaje central de los candidatos y en la configuración de su narrativa de ascenso político.

El patrón es consistente en toda la región. Las dos candidaturas que marcaron las presidenciales de Colombia en 2022 —Petro y Rodríguez Hernández— basaron su estrategia en TikTok en la personalización del líder desde un relato emotivo y breve, con roles narrativos orientados al cambio y autorrepresentándose como figuras de esperanza ante escenarios de incertidumbre.

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Eso no es entretenimiento. Es arquitectura narrativa ejecutada en formato corto.

La diferencia entre un candidato que usa TikTok y un candidato que entiende TikTok es la diferencia entre colgar videos y construir una relación. El primero produce contenido. El segundo produce comunidad. La comunidad moviliza votos; el contenido solo acumula vistas.

Lo que los equipos de campaña suelen ignorar es que TikTok no es un canal de distribución: es un sistema de descubrimiento. El algoritmo no distribuye tu mensaje a tus seguidores; lo distribuye a personas que podrían estar interesadas, basándose en comportamiento, no en afinidad declarada. Eso significa que TikTok tiene la capacidad de alcanzar a votantes que nunca te habrían buscado activamente. Para un candidato con bajo reconocimiento inicial, esa característica es una ventaja estructural que ningún spot televisivo puede replicar a ese costo.

WhatsApp: el canal que nadie menciona y todos usan

Si TikTok es el escaparate, WhatsApp es la cocina. Y en la cocina es donde se ganan las elecciones en los distritos que deciden.

En América Latina, WhatsApp no es una aplicación de mensajería: es la infraestructura de comunicación cotidiana de cientos de millones de personas. Familias, vecindarios, grupos de trabajo, comunidades religiosas, asociaciones de padres. Todos operan sobre WhatsApp. Y esos grupos son, en términos electorales, redes de confianza preexistentes que un candidato puede activar si entra en ellos de forma orgánica.

La estrategia de WhatsApp territorial funciona en tres capas. La primera es la activación de multiplicadores: identificar a las personas que administran grupos relevantes en cada circunscripción y dotarles de material adaptado a ese formato -mensajes cortos, audios del candidato, infografías- que se comparten fácilmente. La segunda es la gestión de grupos propios: comunidades de simpatizantes organizadas por tema o territorio que reciben contenido diferenciado según su perfil. La tercera, y más importante, es la conversación directa: mensajes personalizados a votantes indecisos identificados en el trabajo de campo, con seguimiento y respuesta humana.

Lo que distingue a una campaña que usa WhatsApp de una que lo domina es el nivel de personalización. Enviar el mismo mensaje a diez mil contactos es spam. Enviar mensajes diferentes a diez segmentos de mil contactos, calibrados según sus preocupaciones específicas, es estrategia.

Campañas «always on»: el candidato que nunca apaga la luz

El modelo tradicional de campaña tiene una lógica de evento: hay un período oficial, se activa la maquinaria, se concentran los recursos, termina la elección. Entre ciclos electorales, el silencio.

Ese modelo está roto. No porque los candidatos hayan decidido romperlo, sino porque el electorado ya no funciona así. En un entorno de información continua, el votante forma su opinión sobre un político de manera acumulativa, a lo largo del tiempo, a través de decenas de pequeñas exposiciones. Para cuando llega la campaña oficial, el 60% del trabajo de posicionamiento ya está hecho —o ya está perdido.

Las campañas «always on» parten de ese reconocimiento. No se trata de estar en campaña permanente en el sentido legal del término, sino de mantener una presencia narrativa consistente que construya reconocimiento, credibilidad y preferencia de forma continua. El candidato que llega a la campaña oficial con una comunidad digital consolidada, con un historial de posicionamiento sobre los temas que importan y con una narrativa personal ya instalada en el electorado tiene una ventaja de partida que los adversarios no pueden compensar en pocas semanas.

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Campañas "always on": el candidato que nunca apaga la luz

Esto conecta directamente con lo que analicé en el post sobre la campaña electoral moderna en 2026: la innovación no está en la tecnología sino en el uso estratégico del tiempo. La tecnología es el instrumento; la disciplina temporal es la ventaja competitiva.

El caso que lo prueba todo: de 8% a 33.4% en cinco día

El 28 de enero de 2026, las encuestas del CIEP-UCR daban a Álvaro Ramos y al Partido Liberación Nacional entre el 8% y el 9% de intención de voto en las presidenciales de Costa Rica. Cuatro días después, el 1 de febrero, la noche electoral arrojó un resultado que los medios de comunicación costarricense y latinoamericanos tuvieron dificultades para explicar: el PLN obtuvo el 33.4% de los votos y se consolidó como la segunda fuerza política del país.

Un crecimiento del 317% en días. Sin precedentes en la historia electoral reciente de América Central. Participamos directamente en esa recta final. Y lo que aprendimos confirma, con datos reales, cada uno de los principios que estoy describiendo en este post.

La reorientación estratégica que ejecutamos en esos días no se basó en más mítines ni en más publicidad tradicional. Se basó en cuatro decisiones precisas: cambio radical de tono comunicacional —de la crítica negativa al mensaje de esperanza—, humanización del candidato más allá de las siglas del partido, segmentación agresiva de audiencias con mensajes diferenciados por perfil, y conexión genuina con el segmento joven, el que el PLN había perdido históricamente.

El canal principal no fue la televisión. Fue la combinación de contenido digital de alta frecuencia con distribución territorial en WhatsApp y una narrativa personal del candidato que conectaba con el estado de ánimo real del electorado costarricense.

Lo relevante para esta conversación no son los números en sí mismos, sino lo que los explica: una campaña que entendió en qué momento del proceso estaba, qué emoción dominaba al electorado indeciso y cómo traducir esa lectura en contenido accionable en tiempo real. Eso es estrategia. El resto es ejecución.

Como analicé posteriormente en el post sobre Costa Rica y la redefinición de su cultura política, lo que ocurrió el 1 de febrero no fue un accidente ni un efecto de última hora: fue el resultado de aplicar con rigor un método que la comunicación política contemporánea ya tiene documentado. El problema es que pocos equipos lo ejecutan con la disciplina necesaria.

Tres casos que muestran el patrón regional

El fenómeno costarricense no es una excepción. Es la versión más comprimida en el tiempo de una dinámica que se repite en distintos formatos en toda América Latina.

México ha sido el laboratorio más activo de la región en comunicación política digital. Durante las elecciones a la presidencia municipal de Monterrey en 2024, seis candidaturas utilizaron TikTok generando en conjunto casi cinco mil videos, de los cuales más de mil trescientos fueron publicados específicamente durante el período de campaña electoral. La candidata con mayor capital digital previo llegó al proceso con una comunidad construida durante años, no durante la campaña. Esa es la ventaja del «always on» en su expresión más clara: no es la intensidad del sprint final, es la acumulación del trabajo previo. El periodo electoral para 2027 ya arrancó.

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Paraguay ilustra el otro extremo: un sistema político donde la maquinaria territorial tradicional sigue siendo determinante pero está siendo penetrada por las redes desde abajo, no desde arriba. Como analicé en el post sobre Paraguay 2026 y las municipales de octubre, quien lo lea solo como una elección local cometerá el error más habitual de la comunicación política: confundir el tablero con la partida. En el contexto paraguayo, WhatsApp territorial y grupos comunitarios digitales están funcionando como palancas de movilización en municipios donde la estructura partidaria tradicional está debilitada. El candidato que entiende eso lleva tres meses de ventaja sobre el que sigue comprando vallas publicitarias.

República Dominicana presenta el caso más interesante en términos de comunicación institucional. Como detallé en el análisis sobre Santo Domingo 2028 y el problema de comunicación de la alcaldesa más votada de la historia dominicana, obtener el 61% de los votos con la participación más baja de la última década crea una paradoja estratégica: tienes legitimidad pero no tienes masa. En ese escenario, la campaña «always on» no es una opción táctica sino una necesidad estructural para construir el electorado latente antes de que llegue 2028.

Lo que separa a las campañas que ganan de las que pierden

Después de años trabajando en procesos electorales en América Latina, la diferencia que más me impresiona no es de recursos ni de tecnología. Es de mentalidad. Las campañas que pierden piensan en medios. Las que ganan piensan en conversaciones.

Las que pierden preguntan: ¿en qué canal publico este mensaje? Las que ganan preguntan: ¿qué emoción necesita experimentar este segmento del electorado para pasar de indiferente a comprometido?

Las que pierden contratan un community manager para gestionar las redes. Las que ganan integran la inteligencia digital en el centro de la toma de decisiones estratégicas, junto con los datos de campo y los estudios de opinión.

Y las que pierden arrancan la campaña cuando arranca el período oficial. Las que ganan llevan meses —o años— construyendo el posicionamiento que hará posible la victoria cuando llegue el momento.

La estrategia digital en campañas políticas no es un departamento dentro de la campaña. Es la columna vertebral alrededor de la cual se articulan el mensaje, el territorio y el tiempo.

Las campañas ya no se ganan en la calle. Pero tampoco solo en redes.

Se ganan en la intersección de ambos mundos: con una narrativa clara que viaja eficientemente en digital, con una red territorial que la aterriza en conversaciones reales, y con la disciplina de mantener esa presencia mucho antes de que empiece oficialmente la campaña.

Eso es lo que hicimos en Costa Rica. Es lo que están aprendiendo —con distintos grados de velocidad— los actores políticos de México, Paraguay y República Dominicana. Y es lo que diferencia, en América Latina de 2026, a los equipos que saben ganar elecciones de los que saben organizarlas.

En este día...

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