En los últimos días, Marcelo Ebrard ha intentado captar la atención con sus gestos desafiantes hacia la monolítica cultura de control del presidente López Obrador. Sin embargo, estas acciones podrían interpretarse como más teatrales que genuinas, un intento tardío y superficial en la contienda por la candidatura presidencial del oficialismo, encabezado por Morena.

A pesar de su retórica crítica, no parece que Ebrard esté dispuesto a romper vínculos con el presidente y su partido. Por el contrario, parece dispuesto a aceptar cualquier papel que le asignen en el proceso, incluso si resulta derrotado. Ha optado por mantenerse en los confines del partido Morena, reconociendo que más allá de ese espacio solo yace el abismo. Esta elección podría ser su legado en la historia política del país.

Ebrard, en un intento que parece más bien tardío, ha denunciado la utilización de recursos públicos en apoyo a Claudia Sheinbaum, una causa que ha sido conocida por años. Este «descubrimiento» parece más bien una estrategia para ganar visibilidad, ya que estas prácticas han sido documentadas públicamente, con cifras millonarias destinadas a promover a Sheinbaum y difamar a sus adversarios, entre ellos, Ebrard mismo.

Marcelo Ebrard entre ambigüedades y oportunismo



No obstante, resulta desconcertante que Ebrard ahora saque a la luz estos expedientes que, según se supone, conocía previamente. Esto lleva a cuestionar sus motivaciones y plantea la posibilidad de que esté tratando de persuadir a López Obrador en el último minuto para cambiar su apoyo a Sheinbaum. O tal vez está jugando con la idea de desestabilizar el apoyo público a Sheinbaum al exponer estas prácticas, aunque ambas perspectivas parecen poco probables.

La aparente «lucha» de Ebrard contra el sistema de encuestas de Morena, liderado por Mario Delgado, es otra maniobra que merece escrutinio. En un contexto mundial donde el modelo tradicional de encuestas enfrenta desafíos, Ebrard propuso una versión ligeramente modificada del mismo. Sin embargo, no abordó la cuestión central del esquema de encuestas interno del partido, que sigue siendo centralizado y sujeto a manipulación.

Ebrard planteó la presencia de representantes de los aspirantes en el proceso de encuesta, ignorando las realidades de seguridad y privacidad que enfrentan los ciudadanos. Parece irónico que su solución a este problema sea agregar más personas al proceso, en lugar de cuestionar la validez misma de este enfoque en la era digital.

Es relevante señalar que Ebrard ha optado por ignorar cuestiones de fondo en sus críticas. Por ejemplo, no menciona el hecho de que el Consejo Electoral de Morena está dirigido por Ivonne Cisneros, una diputada plurinominal sin experiencia ni méritos en la materia, sino que está allí debido a su lealtad al aparato de poder presidencial.

A pesar de su experiencia y madurez política, Ebrard ha decidido no desafiar el culto a la personalidad de López Obrador ni la narrativa populista y provinciana que prevalece. No ha sido una voz que modere los excesos o promueva el bienestar del país. En momentos en que se necesita una voz coherente para un futuro diverso y democrático, Ebrard ha optado por la ambigüedad y el oportunismo político.

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Marcelo Ebrard


En última instancia, cuando termine esta etapa política, es poco probable que Ebrard ocupe un espacio coherente en la conversación pública. Si aspira a una relevancia futura, deberá reinventarse más allá de 2024. Su legado dependerá de si logra trascender su historial de ambigüedad y oportunismo, y si puede presentarse como una voz auténtica y comprometida con un México democrático y pluralista.

Gabriel Figueroa
Consultor Digital
@GaboFigueroa93

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Categorías: Politica

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