La tecnología ha permitido transformar de manera abundante una gran proporción de las actividades humanas. En el contexto de las campañas electorales no es la excepción.

Sentar como precedente que las campañas electorales siempre se han centrado en los datos, es decir; es un “negocio” de métricas que, aunque sea adornado de cara al electorado con promesas empáticas de solucionar problemas sociales o de luchar por el bienestar común, por el país; las campañas electorales con suerte, son aquella que encontrarán senderos a través del desierto de las encuestas, esos atributos de los votantes, esos datos demográficos, la participación, la recogida de impresiones, la manipulación o ingeniería social del elector y por supuesto, la compra de anuncios para conectarse con los votantes, de manera que los conmueva, los inspire o incluso los manipule.

Las campañas electorales modernas han agregado nuevos contubernios a sus tácticas para recopilar, dar tratamiento y hasta modelar o manipular datos, pasando del sondeo tradicional al modelado predictivo impulsado por la inteligencia artificial. Por esta razón los comandos de campaña integran recursos con la capacidad de recopilar y usar mejor los números, buscando ganar la contienda en el día “D”.

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Creditos de imagen: Laboratorio de contenidos La Tercera

Así pues, un archivo de votantes es un conjunto integral de datos que consolida la información de registro de votantes a nivel país. Cada anuncio, llamada telefónica, whatsapp, correo electrónico y cada clic aumenta ese número. Muchos de estos datos personales provienen de personas que ya han tomado una decisión sobre su intención de voto. De tal suerte que, con cada campaña electoral se suma gran cantidad de información adicional de cada votante, a fin de mantenerlos cautivos. Para ello, usamos diferentes aplicaciones de cuadro de mando que integra el tradicional CRM adaptado a la información y movilización del electorado.

Surge a partir de este presupuesto una práctica llamada publicidad de adquisición, en la que los equipos de campaña dirigen anuncios de respuesta directa que buscan obtener más información de contacto, más opiniones sobre temas vertiginosos o conflictivos, más datificación directa de cada persona a fin de modelar esa publicidad de adquisición. Se trata crear, romper o descubrir el sesgo, para confinar al votante a una caja de resonancia que contraponga sus principios, sus ideales y sus opiniones.

Aunque es un tema que a los líderes de campaña no les gusta hablar, lo cierto es que según estudios (Democratic Data Exchange, DDx), la mayoría de los archivos de votantes probablemente se les han recolectado entre 500 y 2500 puntos de datos.

Los intercambios masivos de datos han sido considerados cuestionables legalmente, no obstante; su empleo prevalece y permite a los equipos de campaña coordinar y dirigir esfuerzos, buscando armarse mediante algoritmos; con gemelos digitales de cada votante potencial, para segmentar y apuntar a los votantes de manera más específica y estratégica, explotando sus emociones, intensiones y moviéndole entre extremos con propuestas que buscan fracturar y estimular o redirigir su intención de voto.

Los intercambios de datos permiten que los comandos de campaña y los comités de acción política comparten información, haciendo que el alcance y la mensajería sean más eficientes y completos. Es decir, ejercer un mejor control sobre la intención de voto. La promesa de los intercambios de información, es permitir que todas las organizaciones alineadas compartan inteligencia.

En la antigua Roma, se enseñaba a los esclavos a memorizar los nombres de los votantes a los que se podía persuadir de que votaran por su amo. Acto seguido, ya identificado, el “amo”, podía encontrar y saludar personalmente al votante y manipular su intención de voto. Esta práctica, si analizamos con agudeza ha sido empleada ampliamente en tiempos modernos, no obstante; para el político es materialmente imposible “visitar” a todos los electores identificados. En estos días, la estrategia detrás de la focalización personal proviene de modelos informáticos que pueden dividir al electorado en grupos muy específicos. La mensajería se perfecciona mediante pruebas A / B exhaustivas.

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Algunas plataformas de redes sociales varían en cuanto al tipo de micro-objetivo (microtargeting) que permiten. En el caso de la red social más concurrida, a través de una función de «audiencia personalizada«, las campañas pueden cargar una hoja de cálculo de los perfiles de los usuarios y desplegar su mensaje con precisión quirúrgica. También pueden aprovechar una herramienta llamada «semejanza» (look alike en inglés), que usa esas listas personalizadas para encontrar perfiles que probablemente respondan de manera similar. Otras plataformas son más restrictivas.

En cuanto a “cuestionables legalmente”, es casi imposible rastrear el origen de estas listas de nombres, y se presume que lo más probable es que se haya comprado a un tercero, lo que supone una maquinaria comercial tras bambalinas, ósea; se cierne un negocio en ascenso exponencial con los datos.

Igualmente, se ha experimentado una crisis centrada en el aumento del «sesgo de no respuesta«, una forma elegante de decir que los usuarios de dispositivos celulares no responden llamadas de números que no reconocen y que la gente se ha vuelto cada vez más tímida o temerosa cuando se les pregunta sobre sus opiniones políticas.

De manera que, como respuesta, se explota la política de las emociones, en la cual se usa a las minorías o las causas opacadas en el devenir de los tiempos, fracturando cada vez más el peso de la democracia y sustentando el voraz apetito de poder de ciertos grupos enquistados en la política con diversos fines, algunos motivados en la búsqueda de la impunidad, la protección de sus caudillos o sus benefactores, la opacidad y la corrupción en casi todas sus formas.

Ahora parece tendencia ver a los comandos de campaña a la caza de datos para sus pantanos y lagos de datos, los cuales una vez refinados en procesos de minería, sean sometidos al aprendizaje automático y la inteligencia artificial para predecir cómo se comportarán los votantes. De allí el valor de los datos como materia prima para la dominación y la manipulación. Claro, entonces en lugar de depender de evaluaciones comparativas intermitentes de la población (encuestas), los modelos se ejecutan utilizando conjuntos de datos actualizados continuamente.

En este contexto, la técnica más común que se utiliza se llama puntuación. Esta consiste en que a un grupo de votantes se le asigna un número del 1 al 100 en función de la probabilidad de que hagan algo o tengan una determinada opinión. A partir de allí, utilizan esas probabilidades para informar su estrategia, ya sea intentando persuadir a los votantes indecisos, manipulando la intención de voto de los decididos o aprovechando las opiniones fuertemente arraigadas. Cuantos más datos ingieren los modelos, más precisos son.

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Ya no vemos mensajes colectivos, sino miríadas de mensajes personalizados producidos y presentados a los votantes con las intenciones citadas supra. La mensajería personalizada significa que la visión de cada persona de la campaña es diferente (caja de resonancia), porque cada uno recibe un flujo de información diferente, de acuerdo al modelado predictivo de los algoritmos de inteligencia artificial, a través de los puntos de datos recolectados sobre el ciudadano. De manera que; el embellecimiento, la distorsión, las falsas verdades abiertas y focalizadas, así como la ingeniería social sobre grupos de interés, se vuelven mucho más fácil, en especial de parte de esas figuras públicas, cuyas publicaciones a menudo reciben un tratamiento especial, una especie de culto en ambas vías (amor y odio).

Las tecnologías han venido al alza y se emplean fervientemente, permitiendo una realidad que puede ser manipulada, amalgamada, tratada o modelada, en la que las campañas electorales generan fuertes divisiones y fracturas sociales que alteran fundamentalmente la forma en que formamos opiniones y en última instancia, votamos.

En un estudio recientemente publicado, el Pew Research Center evidenció que el 54% del público estadounidense cree que las plataformas de redes sociales no deben permitir anuncios políticos. Igualmente, el 77% de los ciudadanos estadounidenses cree que los datos recopilados en las plataformas sociales no deben usarse para fines políticos.

En Latinoamérica, hemos atestiguado todo lo resumido y probablemente la conveniencia lleve a los políticos y sus estrategas a cerrar caminos para impedir el surgimiento de legislaciones al particular. 

En este día...


Marvin G. Soto

Ingeniero, CEO, CTO, autodidacta, académico, investigador, speaker Internacional, emprendedor, disruptor, consultor, aprendiz de Journaling, pensador, innovador, enamorado de su profesión, apasionado por las letras, humano, esposo, papa… de dificil renunciar, lejano a rendirse…