Panorama político electoral Perú 2026, entre la fragmentación y la volatilidad
Luego de postergarse en varias oportunidades, Perú se prepara para unas nuevas elecciones. La actual presidenta, Dina Boluarte, finalmente convocó el pasado mes de marzo a elecciones para el 12 de abril de 2026.
Bajo el argumento de “poner fin al período de inestabilidad” Boluarte ha anunciado el calendario electoral que regirá la próxima elección presidencial, así como la de senado. Este órgano representativo volverá a ser de tipo bicameral, algo que no se veía desde la década de los noventa, y que supone uno de los principales cambios en el panorama electoral peruano. En el que la fragmentación y volatilidad han aumentado significativamente durante los últimos años.
Aunque a raíz de esta misma fragmentación aún no se definen los principales candidatos a la presidencia, y más de 40 partidos disputarán su representación en el órgano legislativo. En esta entrada echaremos un vistazo a cuál es el panorama político-electoral por el que atraviesa Perú a escasos 11 meses de las elecciones generales.

Elecciones Perú 2026, ¿el fin de la crisis política?
Si hay una palabra que pueda definir lo que ha sido el panorama político peruano de los últimos años es la de crisis. La nación sudamericana se ha enfrentado a intentos de golpe de Estado, dimisiones y destituciones presidenciales. Así como enjuiciamientos y condenas por corrupción a expresidentes, y un congreso profundamente dividido. Además de un marcado déficit de representatividad y baja confianza ciudadana.
En menos de una década, han pasado por el cargo 6 presidentes/as, y han tenido lugar múltiples protestas, incremento de la violencia criminal, altos índices de corrupción, y por lo mismo, una fuerte inestabilidad social. Todo esto ha generado que la percepción sobre las instituciones y la democracia pasen por su peor momento y que el panorama de cara a las elecciones sea, al menos por ahora, bastante incierto.
Fragmentación política y electoral
La prolongada inestabilidad política que ha vivido Perú en los últimos años ha profundizado la fragmentación del sistema de partidos, debilitando la posibilidad de que surjan liderazgos capaces de generar consensos. En consecuencia, la ausencia de referentes sólidos y la dispersión partidista han configurado un panorama político altamente atomizado, donde abunda la oferta, pero escasea la representación efectiva.
Muestra clara de ello es que, para las elecciones de 2026 se han inscrito 43 partidos políticos, una cifra récord que, lejos de reflejar pluralismo saludable, evidencia un ecosistema político desbordado y sin cohesión. En realidad, la mayoría de estas organizaciones carece de estructura, base social o propuestas sólidas para articular un proyecto de país.
De hecho, según datos de la Asociación Civil Transparencia, de los 43 partidos inscritos, solo cinco estarían en condiciones de superar el umbral del 5% necesario para obtener representación parlamentaria. Esto confirma que el exceso de opciones no se traduce en mayor representatividad. Por el contrario, podría dificultar aún más la gobernabilidad al imposibilitar la construcción de mayorías estables y gobernabilidad.
Este escenario expone el deterioro del sistema de representación tradicional, síntoma que en muchos países está abriendo paso al ascenso de los llamados «outsiders», figuras aparentemente ajenas a las estructuras partidarias, o el estilo político tradicional, pero que capitalizan el descontento social apelando a soluciones simplistas y, en muchos casos, erosionando las reglas del juego democrático.
¿Qué supone la vuelta del congreso bicameral?
Además del complejo contexto político que venimos enunciando, las elecciones de Perú 2026 presentan otra particularidad importante. Luego de 34 años volverá a elegirse un congreso bicameral, es decir, un órgano legislativo compuesto por una cámara de Diputados con 130 integrantes, y un senado con 60 representantes.
Esta modificación, que fue realizada por el actual congreso, supondrá que el órgano tenga tanto representación nacional como regional. Esta medida se adopta después de décadas de un congreso unicameral instaurado por Alberto Fujimori luego de un autogolpe de Estado.
Si bien esta nueva composición, implicaría un mayor espacio para la representación y la calidad representativa, sobre todo de asuntos regionales. El actual panorama de extrema fragmentación política y partidista le agrega un nivel de complejidad a estas elecciones, ya que supondría una atomización más profunda.
En este sentido, en lugar de fortalecer la representación, existe un riesgo importante de aumentar la ya marcada ineficiencia de este órgano. Al tiempo que generar mayores bloqueos, imposibilidad de conformar mayorías y ampliar los márgenes para el clientelismo político.
Adicionalmente, la poca solidez en la mayoría de partidos que disputarán las elecciones, la proliferación de listas poco consolidadas y el uso de candidaturas como plataformas personalistas, amenaza con convertir al nuevo congreso en un espacio aún más ingobernable. Impulsando esto una mayor crisis de la actual.
Con todo, para que esta reforma pueda lograr el efecto esperado, es fundamental que las organizaciones, líderes políticos y otras organizaciones lleguen a acuerdos mínimos de gobernanza. De esta forma, podrán ofrecer a la ciudadanía alternativas de representación más consistentes que garanticen que el país pueda superar la crisis existente desde los márgenes institucionales y democráticos.
Intención de voto y desconfianza ciudadana
La crisis política y fragmentación que acumula el país en menos de una década ha dejado un resultado inevitable: el aumento de la desconfianza ciudadana en los procesos democráticos y las instituciones. Esta desafección se refleja, por ejemplo, en la más reciente encuesta del Instituto de Estudios Peruanos (IEP) que indica que solo el 8% de los ciudadanos confía en el desarrollo de las próximas elecciones.
Esta apatía y desconfianza se extiende también hacia el actual gobierno, alrededor del cual la ciudadanía percibe poca independencia, desaprobándolo hasta en un 97%. Al respecto, los y las peruanas, consideran que la injerencia de fuerzas políticas como la de Keijo Fujimori, (líder de fuerza popular) es determinante en las decisiones gubernamentales y que el gobierno es poco transparente.
Los datos anteriores, sumados a la poca solidez en los liderazgos y partidos, podría suponer unas elecciones con poca participación. O bien, la elección de un outsider radical, e incluso niveles de ingobernabilidad mucho más altos de los actuales.
No obstante, y en relación con las figuras políticas que lideran la intención de voto hasta el momento, la encuesta realizada por Ipsos señala que las personalidades con mayores probabilidades de elección son: Keiko Fujimori, Rafael López Aliaga y Carlos Álvarez.
En el primer caso, la lideresa de Fuerza Popular, mantiene una base electoral sólida pero polarizada. Por su parte, López, alcalde de Lima y representante de Renovación Popular, capitaliza un discurso conservador y populista. Y finalmente, Carlos Álvarez, conocido humorista y figura mediática, emerge como un outsider con creciente apoyo ciudadano.

Temas claves de la agenda electoral
Además de la apatía política y desconfianza ciudadana que se registra hasta el momento en Perú, la agenda de estas elecciones también estará marcada por temas cruciales como la corrupción, inseguridad y crimen organizado. Y por supuesto, temas estructurales relacionados a la desigualdad, inflación y desempleo.
En primer lugar, la corrupción política e institucional se ha posicionado como uno de los temas que precisamente más alienta la desconfianza ciudadana. Al respecto, existe una alta percepción de que tanto el gobierno actual, y otros poderes públicos como el judicial no actúan desde la independencia.
Por ejemplo, casos como el de la administración Boluarte, presuntamente involucrada en la malversación de fondos públicos para la adquisición de suntuosos Rolex; o el de congresistas que recortaron sueldos a sus asesores y gabinetes para usarlos en su propio beneficio. Así como el de otros 15 representantes investigados por corrupción, lavado de activos y violencia de género, han llevado a este órgano legislativo y al gobierno en general a un índice de desaprobación del 97%.
En segundo lugar, el aumento de la inseguridad y el crimen organizado, al igual que en otros países de Latinoamérica, va a ser un tema central en esta contienda. Ambos problemas se han instalado como una amenaza cotidiana y se presume que expresiones como el narcotráfico, la extorsión y la minería ilegal se desarrollen, en muchos casos con la complicidad de redes políticas, institucionales y empresariales en diferentes regiones del país.
Por último, los problemas económicos como el desempleo, la informalidad y la inflación, también serán parte activa de la agenda. Al respecto, si bien el país mantiene una estabilidad macroeconómica relativa, las brechas sociales y territoriales todavía persisten e incluso se agudizan en muchas regiones. Por lo que, será fundamental que los y las candidatas planteen estrategias con enfoque territorial y diferencial que realmente puedan mejorar la calidad de vida de la población, a través de servicios públicos pertinentes y accesibles.
Perú 2026, profundización o fin de la crisis
Perú se enfrenta a unas elecciones decisivas en 2026. Más allá de elegir un nuevo presidente y senado, se trata de la oportunidad de reestablecer el orden institucional y político que ha venido siendo socavado en los últimos años. O bien, de profundizar una crisis que podría traer resultados desastrosos a la ya frágil democracia y estabilidad sociopolítica del país.
En este sentido, se proyecta un escenario bastante complejo, marcado por la fragmentación política, la desconfianza y la incertidumbre institucional. Por lo tanto, el principal desafío no será únicamente quién gane las elecciones, sino con qué legitimidad y capacidad podrá gobernar.
Por otra parte, la desafección ciudadana, reflejada en altos niveles de indecisión y desaprobación, obliga a los actores políticos a salir del cortoplacismo electoral y apostar por propuestas claras, viables y conectadas con las demandas sociales. Así como a establecer alianzas políticas sólidas y desvinculadas de los poderes y política tradicional que demuestren ambición y capacidad de gobernar.
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