Quizá baste con recordar el papel del ágora ateniense para hacerse una idea de la importancia que siempre ha tenido la palabra, la oralidad, y el debate en política. Los griegos, que destinaron este espacio a la discusión de las leyes, la política y la justicia, sabían muy bien la importancia de la oratoria a la hora de abordar estos temas. La razón es muy simple, para los griegos la oratoria era el arte de hablar en público de manera persuasiva y efectiva. Es decir, el arte de convencer. Claramente, sólo aquellos que dominaban este arte eran quienes, a través de la palabra, terminaban por influir en las decisiones que se tomaban o imponer su visión sobre los asuntos públicos.
Pese a los siglos que han transcurrido desde entonces, la democracia, modelo político heredado de los griegos. Y cuya primera expresión fue justamente lo que sucedía en el ágora, sigue siendo, de lejos, uno de los mejores sistemas a los que podemos aspirar. Esto no quiere decir que sea el modelo perfecto o que carezca de vicios. Sino, que pese a todo lo que hace falta por perfeccionar, es uno de los modelos políticos que más se ajusta a nuestro modelo de sociedad. Pero, ¿pasa lo mismo con la retórica y el discurso en política? ¿sigue siendo igual de decisivo y poderoso el discurso hoy en día? ¿o ha desplazado la era digital esta herramienta de comunicación y persuasión en el marco de la democracia? Estas son algunas de las dudas sobre las que discutiremos a continuación.
Partiendo de una definición muy básica, entendemos como discurso a aquel conjunto de palabras conscientemente estructurado con un determinado objetivo. En política, los discursos tienen en principio, el objetivo de transmitir una idea a un público determinado. Pero no sólo eso, quizá el rasgo más importante tiene que ver con, primero, posicionar esa idea. Y segundo, lograr, a través de datos, ejemplos, imaginarios u otra información en general, convencer al colectivo que dicha idea es mejor o más valiosa en términos morales, políticos o económicos, que otra. En pocas palabras, el discurso es el elemento clave que un político o líder usa para persuadir, movilizar y conectar con la ciudadanía.
Así que, si vamos a lo orgánico, podríamos decir que sí, hoy en día el discurso sigue siendo igual de importante para incidir en lo público, y lograr reconocimiento y liderazgo. No obstante, es inevitable reconocer que las transformaciones tecnológicas, las nuevas formas de comunicación e información han imprimido nuevas dinámicas a esta herramienta, potenciando algunos de sus aspectos y otros cambiándolos para siempre.
Como siempre digo en mis talleres y charlas:
Para lograr su objetivo, es decir, ser un discurso eficaz y convincente. Un discurso político debe incorporar los siguientes elementos:
La llegada de la era digital ha transformado la forma en que se desarrolla e impacta el discurso político. Las redes sociales, los medios digitales y los nuevos canales informativos han ampliado la audiencia y la velocidad de difusión de los discursos.
El principal cambio es en los formatos, es decir, ya no hablamos tanto del discurso emitido por un político en la plaza pública y ante cientos de espectadores. Ni siquiera del televisado o radial, sino que va mucho más allá. Esto ha hecho que la idea de un mismo discurso para todos sea una idea obsoleta y riesgosa. Porque si algo caracteriza a la era digital es la segmentación de públicos, territorio, tiempo e información. Así como la constante interacción, e innovación en los flujos de información.
¿Cómo ha afectado esto a la forma de escribir y pronunciar discursos? La respuesta es, de manera radical. Algunos aspectos clave que caracterizan esta transformación incluyen.
En definitiva, podríamos decir que el desarrollo de nuevas tecnologías de información y comunicación han catapultado a otro nivel el poder del discurso en política. Es decir, la tecnología hoy en día le permite a líderes y candidatos hacer que su mensaje resuene, y que su efectividad sea máxima a la hora de persuadir y movilizar a la población en torno a ciertos temas, propuestas o posturas. Lo cual en últimas se traduce en votos y elegibilidad. Hasta aquí todo parece maravilloso. No obstante, la misma facilidad de acceso a la información, y su expansión imprime una serie de retos decisivos a la comunicación política.
Al respecto decir dos cosas, la primera es que más que nunca los ojos están puestos en los personajes políticos, y cualquier acción, postura, palabra o decisión tomada en el pasado o presente, tendrá un impacto enorme y decisivo en el objetivo del líder-candidato. Esto hace que la exigencia del proceso en cuanto a coherencia y transparencia sea mayor por parte de candidatos y partidos, lo cual sin duda puede terminar fortaleciendo la democracia y esto obviamente es muy positivo.
La segunda, es que, al mismo tiempo nos enfrentamos a una disyuntiva. Porque ese mismo escenario digital permite la manipulación informativa en masa, lo cual amenaza la credibilidad de los procesos democráticos generando polarización.
Entonces, ¿qué hacer? dado el gran avance técnico y tecnológico, una posible vía sería usarlo justamente para combatir estas amenazas a la información y la democracia. Para ello, los equipos de comunicación política pueden echar mano de diversas herramientas de seguimiento o monitoreo informativo. O hacer eco de las organizaciones que ya se dedican a ello, por ejemplo, FactCheck.org y PolitiFact.
Igualmente, pueden usarse, como venimos haciendo hace algún tiempo, algoritmos de detección ya desarrollados por algunas compañías de inteligencia artificial. Por último, hacer este tema parte de una agenda, proponiendo una máxima vigilancia, verificación y educación informativa desde lo gubernamental, es una de las grandes deudas actuales. Pero sobre todo, no olvides nuestra máxima: ¡¡¡generar Comunidad!!!.
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