En varias entradas nos hemos referido al impacto de la era digital en la comunicación política. Ilustrando cómo los nuevos canales, plataformas y formatos de información, difusión, comunicación e interacción han transformado de manera radical la forma de hacer política y de liderar.
Al mismo tiempo, hemos señalado cómo en este marco, la construcción de una imagen-marca personal es uno de los elementos centrales a la hora de posicionar una propuesta o liderazgo político. Sin ella, como es obvio, no sólo es imposible ser reconocido como una opción. Sino que también resulta complejo lograr ser atractivo para las audiencias, diferenciarse de los demás y persuadir para ganar. Es raro proyecto en el que entremos a participar que no hagamos una auditoría de la sombra digital, un análisis de la identidad digital y a partir de los mismos propongamos una marca que represente al proyecto y sus objetivos de comunicación.
Uno de los elementos claves a la hora de construir una imagen o marca personal exitosa en la era digital, tiene que ver con una adecuada gestión de la huella digital. Esto implica no sólo actuar de forma coherente, abierta y transparente en los canales y ámbitos online. Sino también, de una cuidadosa curación de todo lo que digitalmente hemos generado o compartido previamente en otros contextos. Exploraremos este concepto reconociendo su potencial e impacto en la construcción de una adecuada reputación tanto digital como real para un líder o candidato.
La expansión y efecto que ha tenido internet en nuestras vidas es, a día de hoy, contundente. Y tal es el nivel de esto que, así como los seres humanos, generamos con nuestra actividad una huella de carbono para el planeta. Algo parecido sucede con nuestras acciones, reacciones e interacciones en la web. Esto es un hecho para cualquier persona usuaria de redes sociales u otras plataformas online. Y puede llegar a afectar desde relaciones laborales, hasta sentimentales y familiares.
A este punto valdría preguntarnos algo, si esto puede llegar a afectar de tal modo la vida de cualquier ciudadano, ¿qué nivel de impacto puede tener en la vida de un personaje público, o concretamente, de un líder o político? Pues sí, justo lo que estás pensando. Hoy en día el peso de la huella digital en la carrera de cualquier líder o político puede ser determinante. Teniendo incluso el poder de acabar con ella si es usada como arma política por sus contendores. E incluso, además del individuo, podría tener la capacidad de afectar su entorno político, por ejemplo, partido, gabinete de gobierno, líderes afines, entre otros.
Para hablar de huella digital es preciso hablar primero de identidad digital como todo aquello que nos define en internet o está relacionado con nosotros. Dicha identidad, como sucede en el mundo real, se va forjando a medida que interactuamos con el medio digital. Y va dejando tras de sí una huella o rastro que conduce a nosotros, algo así como que “todo queda registrado” o anclado en la web. Esta huella no sólo se construye a partir de nuestras interacciones o contenido, sino que también puede resultar del contenido con el cual aparecemos relacionados, por ejemplo, amigos, familia u otras personas.
Ambas, es decir, identidad y huella digital generan a su vez, determinada reputación online. Que no es más que el conjunto de opiniones y valoraciones que se hacen en la red sobre una persona. Es justamente esto, en lo que se centra una adecuada estrategia de comunicación que busque crear una marca personal exitosa. Es decir, en lograr que dicha reputación sea lo más positiva posible y se corresponda con los valores e ideas que un líder o político representa.
El problema surge cuando en la construcción de dicha reputación no se ha tenido el suficiente cuidado en una adecuada gestión de la huella digital. Apareciendo así datos o fragmentos digitales que pueden poner en riesgo nuestra reputación. El carácter público de nuestra imagen, datos e interacciones, propios de los entornos digitales, hacen que cualquier hecho, frase, fotografía o evento pueda ser usado por otros en contra de una carrera y derrumbarla prácticamente en un parpadeo.
Esto fue justo lo que le sucedió a Guillermo Zapata, quien en el año 2011 sólo era un ciudadano común y corriente que hacía “chistes” fuera de tono en Twitter. Por ejemplo, hablando de forma cruel sobre el holocausto y otros temas insultantes para algunos grupos sociales. En uno de los tweets Zapata dijo “¿Cómo meterías a cinco millones de judíos en un 600? En el cenicero”. Cuatro años después, cuando Zapata había decidido incursionar en política, su humor desfasado le costó su puesto como concejal de cultura del Ayuntamiento de Madrid sin ni siquiera haber asumido el cargo.
Durante su primera jornada de trabajo tuvo que dimitir tras la presión de los medios por sus comentarios desafortunados que, para nada, encajaban con el cargo que iba a presidir. Y este es sólo un ejemplo en cientos, de lo que puede llegar a significar en un presente-futuro cualquier mensaje infortunado, fotografía en “cuestionable compañía” o cualquier otro dato digital que esté presente en la web. En pocas palabras, la era digital ha impuesto una especie de vulnerabilidad tal a nuestras vidas que, un instante de inconsciencia tiene el poder de echar al traste cualquier carrera.
¿Cómo gestionar entonces dicha vulnerabilidad y administrar de forma eficaz nuestra huella digital para potenciar nuestra reputación online?, a continuación, algunas ideas y datos.
Aunque no tenemos precisamente una fórmula mágica, y en términos de comunicación política deben existir muchas estrategias más. A continuación, compartimos algunas claves para tener en cuenta siempre que se trabaje en la construcción de una marca personal. Aspecto que hoy en día no puede estar desligado de la reputación online, la huella y la imagen digital.
La era digital y los entornos digitales han creado una nueva y poderosa tendencia en política. Nos referimos a la capacidad y la potencia de desprestigio que se puede lograr a través de la huella digital. Sobre todo, claro está, cuando es usada como una especie de arma política por parte de contrincantes o adversarios. Todos sabemos el poder de difusión que alcanza cualquier tipo de información a través de los canales digitales. Con lo cual basta filtrar cualquier mensaje, Tweet, fotografía u otro de manera descontextualizada para causar revuelo y cuestionamientos. O en el peor de los casos la dimisión o aniquilación de la vida pública.
Conscientes de ello el llamado es, por un lado, a no menospreciar nunca el poder del contenido digital que se genera, asumiendo erróneamente que el entorno digital no afecta al real. Porque de hecho hoy en día, lo virtual empieza a prefigurar en muchos escenarios de la realidad. Por el otro, a trabajar en estrategias de comunicación más robustas y potentes, capaces de blindar a los líderes y candidatos ante esta vulnerabilidad digital. Eso sí, sin desconocer que, en esencia, el llamado primordial es de hecho a la ética y la coherencia.
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