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Costa Rica vota y redefine su cultura política

Resultados elecciones Costa Rica: qué explica la victoria de Laura Fernández y el fenómeno Ramos

Ha pasado una semana desde la celebración de las elecciones presidenciales y legislativas en Costa Rica, y ha habido tiempo para asentar algunas reflexiones sobre un proceso político especialmente interesante por las peculiaridades del país. Un país con una cultura política que mantiene muchos de sus rasgos conocidos, pero que también ha incorporado nuevos matices que queremos describir en las próximas líneas.

En un post anterior abordamos nuestra participación en la campaña de Álvaro Ramos, quien superó el 33% de los votos válidos, un resultado inesperado, ya que las encuestas le otorgaban entre un 5% y un 8%, e incluso inesperable para Liberación Nacional, que registró uno de sus mejores resultados presidenciales de las últimas décadas. Remitimos a ese texto a quienes quieran conocer con mayor detalle la campaña de un candidato que ha comenzado a amasar un capital político relevante en un país falto de liderazgos políticos nuevos y frescos.

El voto duro del oficialismo

Si atendemos a las encuestas y al resultado final, no hubo sorpresa respecto a la candidatura vencedora: Laura Fernández y el Partido Pueblo Soberano, un oficialismo que repite en el gobierno, aunque con otro rostro —habrá que ver hasta qué punto, ya que el expresidente Rodrigo Chaves asumirá el Ministerio de la Presidencia—.

Si bien esta candidatura captó voto indeciso en las últimas semanas, lo que llevó su porcentaje final por encima del 48%, sus votantes no exhibieron tanta duda como los del resto de opciones, especialmente los de la candidatura de Ramos. Se decantaron antes del final de la elección.

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Existe, por tanto, un voto duro del oficialismo que expresó su opinión sin miedo desde un primer momento, hizo bandera de su opción y cumplió con lo anunciado. La indecisión, en cambio, se concentró sobre el bloque de la oposición.

Voto útil para Ramos

A falta de estudios postelectorales —imprescindibles para analizar el comportamiento del electorado—, podemos afirmar que la participación, muy superior a la de elecciones anteriores, benefició a ambos bloques, aunque lo hizo en mayor medida a la candidatura de Álvaro Ramos.

Este concentró el voto útil en la papeleta presidencial como la opción más solvente y con menor rechazo. Todo ello pese a que, durante toda la campaña, los detractores de Ramos —incluidos candidatos de otras opciones opositoras— insistieron en subrayar los aspectos negativos del candidato del PNL y su supuesta imposibilidad de aglutinar el voto por el cambio.

No fue así. Las diferencias entre el voto a candidatos y a partidos demuestran que Álvaro Ramos fue preferido por encima de otros como una opción no solo competitiva, sino también decente y reparadora del daño sufrido por el país con la irrupción del populismo.

La participación récord indica una campaña polarizada, con un electorado consciente de la relevancia de la votación. Esto parece contradictorio con el argumento esgrimido por muchos indecisos, que justificaban su comportamiento en una supuesta falta de información sobre el proceso. Algo que, a todas luces, no era del todo cierto. Los estudios cualitativos profundizaban en esas razones y advertían de un escenario marcado por el escepticismo político, la indignación y, sobre todo, el miedo a errar en el voto.

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Una vez más, en Costa Rica la campaña electoral —ese tiempo político de alta intensidad y elevado voltaje retórico— resulta determinante y mueve votos en uno u otro sentido. Esta marca política del país centroamericano queda reforzada, al igual que la importancia de los debates, no tanto por su seguimiento directo como por su influencia en la conversación pública y privada.

El riesgo de un vuelco autoritario

Conviene tomar nota del resultado del oficialismo, que aspiraba a alcanzar cuarenta diputados, es decir, la llave para impulsar grandes y profundas reformas. De hecho, la nueva presidenta habla ya de una Tercera República, de un nuevo tiempo institucional. Este planteamiento no dista demasiado del discurso empleado por otros gobiernos con aspiraciones de perpetuarse en el poder utilizando instrumentos democráticos para debilitarlos. Parte del electorado percibió ese riesgo y se movilizó hacia una opción alternativa. Sin embargo, ello no impidió una mayoría sólida en la elección presidencial ni una mayoría legislativa, menor de la esperada, en la Asamblea Legislativa.

Dos mandatos consecutivos marcados por discursos populistas erosionan la base de los acuerdos democráticos, especialmente si los partidos alternativos no comprenden la trascendencia del momento histórico que atraviesan, si no son capaces de renovar sus estructuras internas y de conectar con sectores sociales cargados de incertidumbre y frustración, producto de expectativas incumplidas y del persistente impacto de la corrupción. El reto ya no está en el horizonte. Es una realidad desde la noche del domingo 1 de febrero.

En este día...

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