La elección brasileña demuestra que llegar por detrás a una segunda vuelta no significa haber perdido la batalla. Pero también revela algo más importante: en la política contemporánea, movilizar una comunidad digital puede ser tan decisivo como disponer de una maquinaria electoral tradicional.
26 de octubre de 2026 · Ramón Ramón
Claves en 30 segundos
- Lula ganó con el 51,79 % (64,26 millones de votos, récord histórico) tras quedar segundo en la primera vuelta con el 45,16 %.
- Sumó 10,4 millones de votos entre vueltas, frente a 3,7 millones de Flávio Bolsonaro, pese a que los apoyos de los candidatos eliminados fueron para su rival.
- La abstención bajó del 21,08 % a cerca del 19,2 %, y el canal de WhatsApp «Exército do Lula» superó los diez millones de seguidores.
- Flávio Bolsonaro no reconoce el resultado y pedirá la anulación; el PL será la primera fuerza en la Cámara y en el Senado.
Hay derrotas en primera vuelta que obligan a una campaña a cambiar su estrategia. Y hay derrotas que obligan a cambiar, además, la manera de entender la elección.
Lo ocurrido ayer en Brasil pertenece a la segunda categoría.
Luiz Inácio Lula da Silva ha conseguido la reelección frente a Flávio Bolsonaro en una segunda vuelta que parecía abierta y que terminó convirtiéndose en una remontada inédita. El resultado oficial fue del 51,79 % para Lula y del 48,21 % para su adversario. Tres semanas antes, el 4 de octubre, el candidato del Partido Liberal había terminado la primera vuelta por delante: 47,03 % frente al 45,16 % del presidente.
Es la primera vez desde la redemocratización que el candidato que terminó segundo en la primera vuelta de una elección presidencial brasileña gana la segunda.
La diferencia final, de aproximadamente 4,43 millones de votos, no se explica por un único acontecimiento ni por una supuesta superioridad automática de una campaña sobre otra. Pero sí permite identificar varias claves estratégicas que merecen atención desde la consultoría política internacional.
Porque la pregunta relevante no es solamente por qué ganó Lula. Es otra: ¿qué tuvo que cambiar para que una candidatura que había quedado segunda consiguiera construir una mayoría electoral en apenas tres semanas?
Los datos: de dónde salieron los diez millones de votos
Antes de interpretar la campaña conviene mirar la aritmética, porque explica mejor que cualquier relato la magnitud de lo ocurrido.
Entre la primera y la segunda vuelta, Lula pasó de 53,88 millones de votos a 64,26 millones: casi 10,4 millones adicionales. Flávio Bolsonaro pasó de 56,10 millones a 59,83 millones, unos 3,7 millones más. Con ese resultado, Lula logra además la mayor votación de la historia de Brasil, por encima de los 60,3 millones que obtuvo en 2022.

Esos votos procedían de dos fuentes. Por un lado, los cerca de 9,3 millones de electores que en la primera vuelta habían votado a otros candidatos, encabezados por Augusto Cury (2,89 %), Renan Santos (en torno al 2,24 %) y Ronaldo Caiado (2,18 %). Por otro, unos 4,8 millones de votos válidos más, fruto de la caída de la abstención y de la reducción del voto en blanco y nulo.
El dato más revelador es político: los apoyos formales de la segunda vuelta favorecían a Flávio. Caiado y Romeu Zema le dieron su respaldo, mientras Cury y Renan Santos se declararon neutrales y el PSD liberó a sus afiliados. Sin embargo, en términos netos, Lula se quedó con aproximadamente siete de cada diez de los votos que estaban en disputa.
Es un saldo agregado, no un trasvase individual: sin encuestas de panel no es posible saber cuántos votantes de Caiado eligieron a Lula ni cuántos abstencionistas de la primera vuelta acudieron a votar por Flávio. Pero el balance confirma una regla válida en cualquier país: los respaldos de las cúpulas partidistas no se trasladan automáticamente a los electores, y en una segunda vuelta el voto disponible se gana más con movilización que con acuerdos entre dirigentes.
La geografía apunta en la misma dirección. Lula ganó en Minas Gerais, el estado bisagra que había perdido en la primera vuelta, y el resultado final dejó un mapa partido prácticamente por la mitad entre ambos candidatos.
1. La derrota que obligó a reaccionar
El primer error que conviene evitar es interpretar la victoria de Lula como si hubiera estado garantizada desde el principio.
El resultado del 4 de octubre mostraba dos electorados competitivos, una polarización consolidada y un desgaste evidente del presidente. Flávio Bolsonaro había conseguido situarse por delante, capitalizando el voto de derecha y la capacidad de movilización del espacio político construido por su padre.
Para Lula, el resultado suponía una advertencia: la notoriedad de un presidente, su experiencia y el control de la agenda institucional no garantizan por sí solos la movilización electoral.
La campaña necesitaba algo más que defender la gestión. Debía activar a quienes no habían encontrado suficientes razones para acudir a votar por él, recuperar iniciativa y convertir el riesgo de una victoria de Bolsonaro en un motivo concreto de participación.
La segunda vuelta modificó, por tanto, la lógica de la campaña. Ya no bastaba con recordar lo que Lula representaba históricamente. Había que convencer a los electores de que su voto volvía a ser decisivo.
Esta es una de las primeras lecciones de la elección brasileña: una campaña no puede limitarse a repetir el relato que la ha llevado hasta un determinado punto cuando los resultados demuestran que ese relato ya no es suficiente.
El dato electoral debe funcionar como una señal para revisar la estrategia, no como una excusa para intensificar mecánicamente lo que ya se estaba haciendo.
Es el mismo principio que planteo en el método de 30 días para una remontada electoral: diagnosticar con los datos del último resultado antes de decidir qué se intensifica y qué se abandona.
2. El giro digital: de publicar contenidos a organizar personas
La transformación más visible se produjo en el terreno digital.
Tras la primera vuelta, la movilización del entorno progresista adquirió una intensidad nueva. La campaña amplió el uso de vídeos breves y mensajes directos, mientras activistas, parlamentarios y simpatizantes impulsaban contenidos, convocatorias y conversaciones en redes sociales.
También cambió el tono. Lula adoptó un registro más informal, con vídeos en formato selfie en los que hablaba directamente al elector: una decisión que reducía la distancia institucional del presidente y se adaptaba mejor a la lógica de circulación de las plataformas de mensajería.
Uno de los fenómenos más destacados fue el canal de WhatsApp «Exército do Lula», articulado por el diputado André Janones. La iniciativa, que superó los diez millones de seguidores durante la recta final, convirtió una comunidad digital en una estructura de movilización: sus participantes recibían instrucciones para compartir vídeos, amplificar publicaciones y dar visibilidad a los mensajes de campaña.
La cobertura de Agência Brasil y de otros medios brasileños ha destacado esta movilización como uno de los elementos centrales de la remontada.
El crecimiento fue vertiginoso. Según el seguimiento de Poder360, el canal pasó de seis millones de seguidores el 20 de octubre a diez millones el 23, dos días antes de la votación. El propio medio advertía de que el número de seguidores no indica cuántos de ellos participaban realmente en las acciones, una cautela que cualquier analista debería aplicar a este tipo de cifras.

La diferencia estratégica merece atención. Una cosa es utilizar las redes sociales para difundir propaganda electoral; otra, muy distinta, es crear una red de personas dispuestas a distribuir mensajes y activar sus propios círculos sociales.
En el primer modelo, la campaña produce y publica. En el segundo, los simpatizantes también participan en la circulación del mensaje.
El contenido deja de depender exclusivamente de los canales oficiales y comienza a desplazarse por grupos familiares, comunidades profesionales, conversaciones privadas y redes de confianza.
Esto no elimina el papel de la publicidad, los medios tradicionales ni los actos presenciales. Lo que hace es multiplicar los puntos de contacto entre la campaña y el elector.
La enseñanza para los consultores políticos es clara: no basta con medir cuántas publicaciones produce una candidatura, cuántas impresiones consigue o cuántos seguidores acumula. Hay que estudiar si esa actividad genera participación, circulación interpersonal y, finalmente, movilización electoral.
La campaña digital no se vuelve relevante por tener más pantallas, sino por su capacidad para conectar personas y activar comportamientos.

3. WhatsApp y la recuperación de la conversación interpersonal
En América Latina, WhatsApp ocupa una posición especialmente importante dentro de la comunicación política. No funciona solamente como una plataforma de distribución de contenidos, sino también como un espacio en el que se construyen confianza, identidad y pertenencia.
La experiencia brasileña vuelve a poner esta característica en primer plano.
El canal de Janones utilizó una estructura de convocatorias y tareas para mantener activa a su comunidad. El objetivo no era únicamente que los seguidores consumieran un mensaje, sino que participaran en su difusión.
Desde la perspectiva de la inteligencia narrativa, hay una diferencia sustancial entre ambas cosas.
Cuando una persona comparte un contenido político con un familiar o con un compañero de trabajo, el mensaje circula acompañado de una relación previa. Esa relación puede aumentar su atención y su credibilidad, aunque no garantice que el receptor lo acepte.
La comunicación se desplaza así de una lógica exclusivamente vertical (candidatura, medio, audiencia) a otra distribuida, en la que múltiples actores intervienen en la difusión y reinterpretación del relato.
Pero conviene introducir un matiz: el número de integrantes de un canal no equivale al número de votantes persuadidos. Tampoco cada interacción constituye un voto potencial ni puede atribuirse automáticamente un resultado electoral a una herramienta concreta.
Para demostrar el efecto real de una estrategia digital habría que cruzar los datos de actividad con encuestas, estudios de exposición, participación territorial y comportamiento electoral.
Aun con esa cautela, Brasil ofrece un caso relevante para estudiar cómo una estructura digital puede contribuir a convertir el apoyo latente en actividad política organizada.
Hay, además, una dimensión que no conviene omitir: la misma arquitectura que moviliza puede utilizarse para coordinar ataques. Durante el debate de la cadena Band del 18 de octubre, el canal pidió a sus integrantes buscar en Google términos negativos sobre Flávio Bolsonaro para posicionarlos, y días después participó en una disputa de etiquetas en X contra la «Tropa do Flávio». Son prácticas que se mueven en la frontera entre la movilización legítima y la manipulación coordinada de tendencias, y que obligan a autoridades electorales, plataformas y consultores a preguntarse dónde está el límite.
4. La emoción no sustituye al programa: lo vuelve relevante
Las campañas electorales no se deciden exclusivamente mediante una comparación racional de programas. Los electores también votan desde sus experiencias, sus expectativas, sus temores y su identificación con determinados proyectos políticos.
Lula cuenta con una trayectoria vinculada históricamente a los trabajadores, la reducción de la pobreza y las políticas sociales. Su campaña pudo recurrir a esa identidad acumulada, mientras situaba la elección en el marco de la continuidad de determinadas políticas y de la posibilidad de un nuevo Gobierno Bolsonaro, un adversario definido con precisión.
El recuerdo de los anteriores mandatos de Lula, las controversias asociadas al bolsonarismo y las expectativas sobre el futuro del país formaron parte de un enfrentamiento que trascendía la evaluación puntual de la gestión.
La dimensión emocional también apareció en la recta final, cuando la campaña intensificó la movilización y recuperó el contacto directo con sus simpatizantes.
No se trata de afirmar que el miedo a una victoria de Flávio Bolsonaro explique por sí solo el resultado. Es una hipótesis que debe convivir con otras variables: la valoración económica, las preferencias ideológicas, las políticas sociales, la identidad partidista y la participación electoral.
La cuestión estratégica es cómo una campaña consigue articular todos esos elementos dentro de una interpretación comprensible de lo que está en juego.
Una narrativa electoral eficaz no necesita sustituir los datos por emociones. Necesita conectar los datos con experiencias que los ciudadanos reconocen como propias.
Y esa conexión no se consigue simplemente añadiendo mensajes emotivos a una estrategia convencional. Requiere coherencia entre el candidato, su trayectoria, las prioridades de los electores y la manera de contar el futuro que propone.
Es una cuestión a la que vuelvo a menudo en este blog. En 2018 analicé cómo la emoción se impuso a la razón en el tsunami electoral de México; tras la derrota de Trump me pregunté si asistíamos al fin de la política de las emociones, y más tarde estudié cómo el Big Data ha convertido las emociones en materia prima del marketing político. Brasil confirma la conclusión de todos esos análisis: la emoción decide cuando encuentra un relato que la ordena y una organización que la convierte en voto.
5. La calle y las redes: una misma campaña, dos espacios de movilización
Otra lectura importante es que la remontada no se produjo exclusivamente en internet.
La movilización digital coincidió con manifestaciones, actos públicos y una mayor presencia de simpatizantes en las calles. Las imágenes de esas concentraciones ayudaron, a su vez, a alimentar la circulación de contenidos en las plataformas.
Se produjo así una relación entre dos espacios que a menudo se analizan por separado.
Las redes permiten convocar, coordinar y amplificar. La calle aporta presencia física, visibilidad colectiva y una expresión tangible de apoyo. Las imágenes de los actos regresan después al espacio digital, donde pueden circular más allá de quienes estuvieron presentes.
Este circuito puede reforzar la percepción de que existe una campaña activa y en movimiento. También puede contribuir a que los simpatizantes se sientan parte de una comunidad política.
Sin embargo, la movilización visible no debe confundirse con una representación completa del electorado. Una manifestación numerosa o una tendencia digital no permiten conocer por sí solas el comportamiento de los votantes que permanecen fuera de esos espacios.
La utilidad del análisis está en identificar cómo se relacionan las distintas formas de participación y qué señales aportan sobre la capacidad organizativa de una candidatura.
En Brasil, la movilización en las calles y la actividad digital coincidieron con una reducción de la abstención: pasó del 21,08 % en la primera vuelta a cerca del 19,2 % en la segunda, según los datos del Tribunal Superior Electoral. En términos absolutos, unos tres millones de electores más acudieron a votar.
Esa variación es compatible con una mayor movilización del electorado, aunque no demuestra por sí sola qué candidatura se benefició de cada voto recuperado.
La lección metodológica es importante: hay que estudiar conjuntamente la comunicación, la organización territorial y la participación electoral, sin confundir correlación con causalidad.
6. La remontada también es una historia sobre participación
La reducción de la abstención constituye una de las variables que merecen mayor atención.
Entre una vuelta y otra, el objetivo de las campañas no consiste únicamente en convencer a quienes prefieren al adversario. También consiste en conseguir que quienes ya simpatizan con una candidatura consideren suficientemente importante acudir a las urnas.
Son dos problemas distintos.
La persuasión busca modificar o consolidar preferencias. La movilización intenta convertir una preferencia en una acción concreta.
Una campaña puede tener un relato atractivo y, aun así, fracasar si sus simpatizantes no participan. También puede disponer de una base fiel y perder si no consigue ampliar su apoyo entre los votantes menos comprometidos.
En la segunda vuelta brasileña, Lula necesitaba responder a ambos desafíos: defender su base electoral y recuperar la iniciativa después de haber quedado por detrás.
La caída de la abstención indica que el comportamiento del electorado cambió entre las dos votaciones. Para conocer con precisión la contribución de cada campaña sería necesario analizar los datos territoriales y los cambios de participación en los distintos municipios, además de otros indicadores disponibles.
Esta distinción es esencial para cualquier consultor: no se debe atribuir a una campaña un resultado simplemente porque sus indicadores de comunicación mejoraron durante el mismo periodo.
La inteligencia electoral consiste precisamente en separar las señales que parecen importantes de las variables que permiten demostrar por qué se produjo un resultado.
7. La inteligencia narrativa: detectar cuándo cambia la elección
Desde mi perspectiva como consultor político internacional, uno de los aspectos más interesantes de Brasil es la rapidez con la que la campaña de Lula tuvo que reorganizar su comunicación.
La primera vuelta aportó información que no podía ignorarse. La segunda exigía identificar qué había cambiado, qué públicos necesitaban una nueva aproximación y qué mecanismos podían contribuir a convertir la movilización en participación.
Aquí es donde la inteligencia narrativa adquiere valor estratégico.
No consiste únicamente en analizar los discursos de los candidatos ni en detectar qué palabras se repiten en las redes. Consiste en comprender qué interpretaciones de la realidad están ganando espacio, cuáles están perdiendo capacidad de movilización y qué acontecimientos pueden alterar la percepción de una elección.
Para hacerlo, es necesario combinar varias capas de información:
- Narrativas: qué historias explican la situación del país y qué futuro promete cada candidatura.
- Audiencias: qué preocupaciones, expectativas y motivaciones distinguen a los diferentes grupos de electores.
- Conversación digital: cómo circulan los mensajes, qué comunidades los amplifican y dónde aparecen resistencias.
- Territorio: qué diferencias existen entre regiones, municipios y perfiles de participación.
- Comportamiento electoral: qué indican las encuestas, los resultados desagregados y la evolución de la participación.
La inteligencia artificial puede contribuir a procesar grandes volúmenes de publicaciones, identificar cambios temáticos, detectar patrones de circulación y comparar narrativas entre territorios. Es lo que distingue una inteligencia narrativa agéntica del viejo social listening que se limitaba a contar menciones.
Pero su utilidad depende de la calidad de los datos, de la interpretación humana y de la capacidad de distinguir actividad digital de comportamiento electoral real. Los modelos pueden identificar correlaciones y patrones; no convierten automáticamente esas señales en explicaciones causales ni permiten conocer con certeza la intención de voto de una persona.
El valor estratégico está en integrar la tecnología con el conocimiento político, la investigación y el trabajo de campo.
La campaña brasileña recuerda que la información relevante no es solamente la que describe lo que está ocurriendo. Es la que ayuda a entender qué está cambiando mientras todavía existe tiempo para reaccionar.

8. Después del recuento: la batalla por la legitimidad
La elección no terminó con el recuento. La misma noche del 25 de octubre, Flávio Bolsonaro anunció que no reconoce el resultado y que pedirá la anulación de los comicios.
Su argumento se centra en una decisión sin precedentes: el ministro del Supremo Tribunal Federal Cristiano Zanin prorrogó dos horas la votación en las mesas que seguían abiertas. La campaña de Lula había denunciado falta de autobuses que impedía votar en Salvador, Feira de Santana y Lauro de Freitas, en Bahía, mientras la de Flávio había pedido ampliaciones por las lluvias en São Paulo, Paraná y Santa Catarina. El presidente del Tribunal Superior Electoral, Kassio Nunes Marques, admitió que la prórroga era posible, pero que debía haberse planificado, y que generó dificultades al proceso: muchas mesas cerraron a la hora prevista por falta de comunicación oficial.
No corresponde a este análisis valorar jurídicamente la impugnación. Sí conviene registrar su significado comunicativo: con una diferencia de 4,43 millones de votos, el bolsonarismo intenta desplazar la conversación de quién ganó a cómo se ganó. Es un marco que Brasil ya conoció tras la elección de 2022, cuando Jair Bolsonaro evitó reconocer explícitamente su derrota y sus seguidores asaltaron las sedes de los tres poderes el 8 de enero de 2023, y que puede condicionar el arranque del cuarto mandato de Lula.
Para cualquier equipo de campaña, la lección es operativa: la jornada electoral también es campaña. La logística del transporte, los incidentes en las mesas, la meteorología y las decisiones judiciales de última hora forman parte de la narrativa del resultado. Quien no tiene preparado un protocolo de crisis para el día de la votación y las horas posteriores corre el riesgo de ganar en las urnas y empezar a perder el relato antes de que termine el recuento.
9. Ganar una elección no significa resolver la gobernabilidad
La victoria de Lula tiene una dimensión histórica, pero no elimina las dificultades de su próximo mandato.
El resultado deja al país prácticamente dividido en dos bloques electorales. Además, la composición del Congreso anticipa dificultades para construir mayorías legislativas y sacar adelante determinadas iniciativas. El Partido Liberal será la primera fuerza de la Cámara de Diputados, con 121 de los 513 escaños frente a los 88 de la federación encabezada por el PT, y también del Senado, donde contará con 28 de los 81 senadores. El propio Lula lo reconoció en su primer discurso: no eligió al Congreso, lo eligió el pueblo, y tendrá que trabajar con él.

A ello se suman los desafíos económicos, las expectativas sociales y las tensiones institucionales que han acompañado la política brasileña en los últimos años.
Por tanto, sería un error interpretar la remontada como una autorización ilimitada para gobernar o como la desaparición del bolsonarismo.
Una mayoría electoral puede ser suficiente para ganar la Presidencia y, al mismo tiempo, insuficiente para garantizar una relación estable con el Legislativo o para resolver los problemas que dividen a la sociedad.
También conviene distinguir entre la capacidad de una campaña para movilizar durante unas semanas y la capacidad de un Gobierno para mantener apoyos durante varios años.
La primera se construye mediante mensajes, organización, acontecimientos y participación. La segunda exige resultados, negociación, gestión de expectativas y una relación sostenida con ciudadanos que no siempre comparten las mismas prioridades.
Para Lula, el reto será transformar la energía de la campaña en capacidad de gobierno. Para la oposición, la derrota presidencial no implica necesariamente una pérdida equivalente de poder institucional o de influencia social.
La elección resuelve quién ocupará la Presidencia. No resuelve por sí sola la disputa política que ha dividido Brasil.
10. Qué puede aprender Iberoamérica de Brasil
La experiencia brasileña ofrece varias líneas de reflexión para quienes trabajamos en comunicación política y estrategia electoral.
Primera: los resultados deben modificar las decisiones. Una campaña necesita mecanismos para revisar su diagnóstico cuando las urnas contradicen sus expectativas.
Segunda: la comunicación digital debe organizar participación. Publicar más no equivale a movilizar mejor. La cuestión es cómo se construyen comunidades capaces de distribuir mensajes y participar en la conversación pública.
Tercera: la narrativa debe conectar identidad, experiencia y futuro. La trayectoria de un candidato puede ser un activo, pero necesita traducirse en respuestas comprensibles a las preocupaciones actuales de los electores.
Cuarta: la estrategia digital no puede separarse del territorio. La actividad en plataformas debe analizarse junto con la organización presencial, la implantación local y la participación electoral.
Quinta: las métricas deben responder a preguntas políticas. Alcance, seguidores e interacciones son indicadores útiles, pero no sustituyen a la investigación sobre preferencias, movilización y comportamiento electoral.
Sexta: la inteligencia artificial debe utilizarse para mejorar el diagnóstico, no para sustituirlo. Detectar patrones en la conversación digital tiene valor cuando permite formular mejores preguntas, contrastar hipótesis y tomar decisiones fundamentadas.
Séptima: la jornada electoral y las horas posteriores forman parte de la estrategia. Una victoria estrecha necesita un plan para proteger su legitimidad tanto como necesitó un plan para conseguir los votos.
Estas lecciones no pueden trasladarse mecánicamente de Brasil a España, México, Colombia, Honduras o cualquier otro país de la región. Cada sistema electoral, cada ecosistema mediático y cada cultura política introduce condiciones diferentes.
Lo transferible no es una receta de campaña, sino una forma de trabajar: analizar los resultados, identificar los cambios en el comportamiento político y adaptar la estrategia a partir de evidencias.
La victoria electoral y la batalla por el relato
La remontada de Lula no demuestra que las redes sociales decidan por sí solas las elecciones. Tampoco que una buena estrategia digital pueda compensar cualquier desgaste de gestión o cualquier desventaja política.
Demuestra algo más interesante: una candidatura puede encontrarse en una posición desfavorable y reconstruir su capacidad de movilización cuando modifica su aproximación a la elección, activa sus redes de apoyo y consigue conectar su mensaje con las preocupaciones y motivaciones de los electores.
La diferencia entre una campaña que simplemente comunica y otra que aprende durante el proceso está en su capacidad para interpretar las señales, corregir sus decisiones y convertir la información en organización.
En Brasil, la primera vuelta abrió una ventana de tres semanas para hacerlo. Lula consiguió llegar al final por delante.
Ahora empieza otra fase, mucho más exigente: transformar una victoria electoral ajustada en capacidad efectiva de gobierno.
Porque ganar una elección significa conseguir una mayoría suficiente en las urnas. Gobernar exige algo diferente: construir acuerdos, responder a expectativas diversas y mantener una relación de confianza con una sociedad que sigue dividida.
Y esa es, probablemente, la lección más importante de esta elección: la campaña puede reconstruir una mayoría en tres semanas; la gobernabilidad exige demostrar, día tras día, que esa mayoría tiene un proyecto para el país.

Preguntas clave sobre la segunda vuelta de Brasil 2026
¿Quién ganó la segunda vuelta presidencial de Brasil en 2026?
Luiz Inácio Lula da Silva (PT) ganó la segunda vuelta del 25 de octubre de 2026 con el 51,79 % de los votos válidos (64,26 millones), frente al 48,21 % de Flávio Bolsonaro (PL). Será su cuarto mandato, que él mismo ha anunciado como el último.
¿Por qué se habla de la remontada de Lula?
Porque en la primera vuelta, el 4 de octubre, Flávio Bolsonaro quedó por delante con el 47,03 % frente al 45,16 % de Lula. Es la primera vez desde la redemocratización que el segundo de la primera vuelta gana la presidencia de Brasil.
¿Qué es el «Exército do Lula»?
Un canal de WhatsApp creado por el diputado André Janones que superó los diez millones de seguidores en la recta final de la campaña y coordinó acciones de difusión de vídeos, etiquetas y búsquedas a favor de Lula y contra su adversario.
¿Ha reconocido Flávio Bolsonaro el resultado?
No. La misma noche electoral anunció que no lo reconoce y que pedirá la anulación de los comicios, alegando la prórroga de dos horas de la votación ordenada por el ministro del STF Cristiano Zanin.
Fuentes
- Agência Brasil: «Lula é reeleito presidente do Brasil em virada histórica» (25/10/2026)
- A Gazeta: votos por turno, récord de votación y abstención (datos del TSE)
- Poder360: «Exército do Lula chega a 10 milhões de seguidores no WhatsApp» (23/10/2026)
- Gazeta do Povo: apoyos de los candidatos eliminados en la primera vuelta
- Senado Notícias: composición de la Cámara de Diputados elegida en 2026
- Agência Brasil: composición del Senado a partir de 2027
- Metro 1: Flávio Bolsonaro rechaza el resultado y pide la anulación
- Reuters (vía Investing.com): el presidente del TSE sobre la prórroga de la votación
Para seguir leyendo
- Remontada electoral: el método de 30 días
- El culto a la personalidad en 2026: Bukele, Milei y la elección de Brasil
- Mapa electoral de Iberoamérica 2026-2028
- Qué es una Nota de Inteligencia Narrativa y cómo se construye
- Persuasión política adaptativa: la IA después del microtargeting
- Cómo se organiza un cuarto de crisis
- De 8 % a 33,4 %: la historia de una remontada histórica
- Emociones y política en la era del Big Data
Ramón Ramón es consultor político internacional y fundador de Ramón Ramón & Cía. Lleva casi treinta años asesorando campañas electorales y gobiernos en América Latina y España, y ha sido seleccionado en varias ediciones por la revista Washington COMPOL entre los 100 profesionales políticos más importantes del año.
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RRyCía acompaña a candidatos, partidos y equipos desde el diagnóstico hasta la ejecución: investigación, narrativa, ecosistema digital y organización.

