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Ceuta: la emoción que me exige la razón

Valla fronteriza junto al mar entre Ceuta y Marruecos, con el pueblo de Beliones al fondo
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«La emoción nos mueve y luego usamos la razón para justificar dicho movimiento.»

Lo repito desde hace años en talleres de comunicación política y análisis de crisis, pero nunca pensé que tendría que aplicarlo a mi propia tierra, a mi familia, a mis amigos, a mi madre. Durante veinte años he trabajado crisis y conflictos en numerosos países. Ahora me toca vivir esta crisis, la de mi gente, desde miles de kilómetros, al otro lado del Atlántico, sufriendo con cada imagen que llega y con cada conversación que tengo con los míos. Aun así, voy a intentar analizarla con el mismo rigor con el que analizaría cualquier otra crisis, en cualquier otro país.

Los días 30 y 31 de julio, las televisiones nacionales y de otros países recogían con estupefacción cómo se producía el acceso abrupto, sin control ni retención, a mi país, a mi querida Ceuta. Mientras ocurría, todos recordábamos lo que pasó en 2021, sin terminar de creernos que se repitiera, esta vez con mayor facilidad. Es la presión que ejerce el Reino de Marruecos sobre España. Muchos lo han definido como una guerra híbrida, en la que, desafortunadamente, se usa la necesidad humana, la de los propios migrantes, para chantajear a otro país.

Duele ver esas primeras imágenes: cientos de personas en el mar, unas sobre otras, las fuerzas de seguridad españolas intentando que no fallecieran, y las primeras cifras de muertos llegando casi de inmediato. Ese fue, sin duda, el primer drama.

Durante los dos días siguientes, sin freno ni filtro alguno, mientras unos seguían entrando por una frontera desbordada, otros deambulaban por una ciudad muy pequeña, pero muy querida, sin saber dónde ir, dónde cobijarse, qué hacer. Y eran muchísimas personas: las estimaciones más repetidas hablan de en torno a 80.000, en una ciudad que no es la suya, de apenas 85.000 habitantes censados, que desconocen y en la que no sabían qué hacer.

Valla fronteriza junto al mar entre Ceuta y Marruecos, con el pueblo de Beliones al fondo
La valla fronteriza entre Ceuta y Marruecos. Foto: Mario Sánchez Bueno / Wikimedia Commons (CC BY-SA 2.0).

Mientras comenzaba la llegada de autoridades nacionales, empezando por el presidente del Gobierno, sentí, al menos en mi caso, una expectativa real de que las cosas podrían mejorar rápido. Esa expectativa se desvaneció pronto: no entendí cómo se podía mostrar tan poca empatía, marchándose casi de inmediato de vacaciones o recomendando canciones y libros en plena crisis humanitaria. Eso no dice mucho a su favor. En ese momento intenté justificar la acción comunicativa como descoordinación entre el equipo digital del presidente y la realidad de lo que vivían en ese momento los 85.000 habitantes de Ceuta, que de la noche a la mañana vieron duplicarse su población.

Cuando la comunicación intenta sustituir a la política

Peor aún: el ministro del Interior incurrió en lo que en comunicación política llamamos disonancia narrativa, intentar construir un relato alejado de la realidad que viven los ceutíes. Y esa disonancia no solo alimenta el enfado, la crispación, el sentimiento de abandono y el hartazgo: genera el caldo de cultivo perfecto para que toda una población se sienta abandonada, vilipendiada y sola, y llegue a pensar que debe tomarse la justicia por su mano, algo que, evidentemente, tampoco puede permitirse bajo ningún concepto.

La primera acción comunicativa del Gobierno no me atrevo a decir que llegara tarde. La visita del presidente fue rápida. Lo que no hubo fue acción como tal. Y cuando la comunicación intenta sustituir a la política, esta última se ve muy expuesta. No se movilizó al ejército desde las primeras horas del asalto, como ya se demostró efectivo en los hechos de 2021, para ayudar a contener la entrada; no hubo respuestas contundentes ni demasiada empatía. Al contrario: la idea, transmitida desde el Ministerio del Interior, de que ya existía «normalidad» en Ceuta es algo que, tal y como yo lo interpreto, le acompañará durante mucho tiempo, porque no solo no se correspondía con lo que vivíamos, sino que era además muy fácil de desmontar: los caballas vivían su «normalidad» sin poder salir a la calle, sin poder comprar, con racionamiento de comida, con miedo.

Por si los ánimos no estaban ya suficientemente encendidos, mientras pasaban los días y los ceutíes vivían la saturación de los servicios básicos y calles inundadas de personas deambulando sin rumbo, desde el Ministerio de Sanidad llegaron mensajes que sonaban a lecciones de moralidad y a una generalización que rozaba llamar xenófoba a toda la población ceutí. Un atrevimiento que, para mí, demuestra un desconocimiento profundo de la realidad de Ceuta, donde conviven desde hace décadas cuatro culturas, el ejemplo, precisamente, de todo lo contrario de lo que se nos quiso atribuir.

ceutra cuatro culturas

Así, el Gobierno pasó, rápidamente, de gestionar una crisis a gestionar el daño político. Y lo hizo muy mal, poniendo el foco en el rédito y no en las víctimas. Es lo primero que enseño en cualquier taller de gestión de crisis: lo primero es atender a las víctimas, antes incluso de comunicar. Y nunca, nunca, nunca se debe salir a comunicar sin datos reales, ni negar la gravedad de una crisis, porque lo único que se consigue así es agravarla.

Tomar partido intentando ser riguroso

Lo que vengo sufriendo estas últimas semanas me ha hecho tomar partido, porque de mi época como activista del conocimiento libre me quedó una convicción: nadie es neutral; por acción o por inacción, todos tomamos partido. No puedo quedarme impasible viendo cómo se cataloga a mi ciudad, a mi familia, a mis amigos, a mí mismo, de «fachapobres», ignorantes o ultras. Como decía Javier Sánchez en un tuit: pretender situar lo que está pasando en las calles de Ceuta como «un problema causado por la extrema derecha» es seguir negando la realidad por encima del sentido común.

Y como recogía la periodista ceutí Carmela Ríos: «Ceuta se ha convertido estos días en un parque de atracciones para la esfera ultra: emociones desbordadas, sensación de abandono tras casi un mes viviendo una situación que claramente desborda a todos».

De ahí surgen escenas que nada tienen que ver con el pueblo ceutí. Todavía me duele en el alma ver cómo se prende fuego a las pocas pertenencias de los migrantes, que, como los propios ceutíes, son víctimas de sus países y, sobre todo, del chantaje habitual al que Marruecos somete a España, o cómo se ataca a Cruz Roja, entidad que ayuda a tantísima gente en Ceuta y en el resto del mundo. Casi todos tenemos familiares o amigos que han recibido en algún momento su ayuda.

Ni ataques a periodistas, sean del signo político que sea. Ni ataque alguno, seas migrante o español. La solución pasa por atender a todas las víctimas: tanto ceutíes como migrantes, que han sido usados fruto de su desesperación o de su anhelo de encontrar un futuro mejor.

El fanatismo de los que miran desde lejos

Ser de izquierdas o de derechas no debe ser un muro ideológico para no ver la realidad. Y en estos días veo mucho fanatismo. Progresistas que intentan justificar lo que ocurre en Ceuta para defender la mala y lenta actuación del Gobierno.

Cuando tu preocupación es más la de cuidar el relato oficial que la de atender a las víctimas, creo que es el momento de plantearte si tus valores son realmente los que dices defender.

Me sorprende ver a tantos comentaristas de distinto signo hablar desde el desconocimiento, repitiendo consignas maniqueas, dejándose llevar por lo que se dice desde lejos y no por lo que se ve en Ceuta, lo que vive mi gente. Politizar esto de forma burda, y señalar a las personas o catalogarlas de radicales en lugar de examinar la actuación de las instituciones, no ayuda a nadie. Pedir al Gobierno soluciones ante semanas de actuación poco contundente, marcadas por unas vacaciones, no es ser facha: es simplemente pedir empatía y respuestas ante una crisis humanitaria que viven ambos lados de la moneda. Es pedir atención para una ciudad autónoma que es española y a la que, como al resto de los territorios, corresponde un trato equitativo. Ese debate no se puede enmarcar solo desde la polarización: esa es, precisamente, la opción de quienes no conocen la realidad y hablan únicamente por lo que oyen o por consignas partidistas. Y de eso he visto mucho estas semanas, especialmente entre quienes se reclaman progresistas y miran a Ceuta desde lejos.

Lo que viene: el 2 de septiembre

De cara a los próximos días hay convocada una manifestación para el 2 de septiembre bajo el lema «Ceuta no está sola», con el respaldo incluso de sindicatos de bomberos a nivel nacional. El PSOE, en lugar de sumarse, ha pedido boicotearla. A quienes llevamos un mes entero pidiendo una solución ya para Ceuta, parece que ese tiempo aún no es suficiente para quienes deciden bloquear una respuesta de solidaridad nacional. Y lo que más me duele no es eso: es ver cómo una acción convocada en todos los municipios de España para respaldar a Ceuta es bloqueada por el partido del Gobierno simplemente porque prefiere seguir polarizando la sociedad. En lugar de sumarse y demostrar que las personas van primero, se opta de nuevo por justificar un mes de inacción tachando a los ceutíes de ultras o «fachas».

convocatoria 2 septiembre CEUTA

Aun así, prefiero quedarme con el vaso medio lleno, y felicitar a todos los socialistas que, a riesgo de ser señalados dentro de su propio partido, dan la cara y dicen: basta ya, Ceuta, no estáis solos.

Lo que la teoría de crisis exige

Como consultor que ha formado a equipos de gobierno en gestión de crisis, no puedo terminar sin recordar lo que la disciplina exige y aquí no se hizo:

  • Atender a las víctimas debe preceder a cualquier comunicado. No se puede hablar de normalidad cuando la ciudad sigue colapsada. El objetivo inmediato es restablecer las condiciones previas a la crisis.
  • Empatía institucional sobre la mesa. Las víctimas, ceutíes y migrantes, deben sentirse atendidas antes de que se les pida comprensión.
  • Unidad nacional sobre polarización partidista. Una crisis humanitaria no es campo de batalla electoral; es un territorio donde el Estado debe demostrar solidez.

Lo contrario, disonancia narrativa, descalificación de la población afectada y ausencia de presencia física, no es mala política: es mala gestión de crisis, y seguidismo de los más radicales.

La verdad y la unidad de un pueblo son, para los ceutíes, como el aleo de Meneses: «Con este palo me basto para defender a Ceuta de todos sus enemigos». Así nos sentimos hoy quienes somos de Ceuta ante el abandono que sufrimos.

Pero ningún pueblo debería tener que defenderse solo. La gestión de crisis no es un acto de fe: es una disciplina. Y en Ceuta, estas semanas, ha fallado.


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