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Gobernar cuando quien explica al ciudadano es una máquina

Gobernar cuando quien explica al ciudadano es una máquina

Un gobierno ya no comunica solo con sus ciudadanos: comunica, lo sepa o no, con los sistemas de inteligencia artificial que le explican el gobierno a esos ciudadanos

A comienzos de este año, el director ejecutivo de Bitso, una de las mayores plataformas de criptomonedas de América Latina, recibió una llamada desde un número que pertenecía, de verdad, a la Secretaría de Relaciones Exteriores de México. Le preguntaron si podía atender una comunicación del secretario de Defensa. Cuando se conectó a la videollamada, apareció en pantalla la presidenta Claudia Sheinbaum, junto al general Trevilla Trejo y otros miembros del gabinete. Todos falsos. Todos generados con inteligencia artificial. El objetivo era un fraude de casi cien millones de dólares, y solo se frustró porque del otro lado había un especialista en ciberseguridad que reconoció el montaje.

Detengámonos en un detalle que suele pasarse por alto en este tipo de relatos: el número era real. La suplantación no empezó en la cara de la presidenta; empezó en la infraestructura de confianza del Estado. Y ahí está el problema que ningún gobierno de la región ha terminado de dimensionar. Una cosa es que alguien mienta usando tu nombre. Otra muy distinta es que el sistema entero que garantizaba que eras tú deje de ser garantía.

Este artículo no trata de ese fraude, sin embargo. El fraude es solo la versión espectacular, la que sale en las noticias, de un fenómeno mucho más cotidiano y mucho más difícil de combatir. Porque el mayor riesgo para la comunicación de un gobierno no es que un día suplanten la voz del presidente. Es que, todos los días, un intermediario automático esté explicando —bien o mal— qué hace ese gobierno a millones de ciudadanos que ya no preguntan en la fuente oficial.

El ciudadano dejó de leer el boletín oficial. Le pregunta a una IA

Durante un siglo, la comunicación de gobierno se construyó sobre una cadena conocida: el gobierno emitía, los medios intermediaban, el ciudadano recibía. Esa cadena tenía defectos, el sesgo del medio, el recorte, la línea editorial, pero tenía una virtud: era una cadena de humanos, y a los humanos se les puede responder, corregir, convocar, desmentir.

Esa cadena se está sustituyendo por otra en la que uno de los eslabones no es humano ni es un medio. Cuando un ciudadano quiere saber si le corresponde un subsidio, qué dice realmente una reforma, si es verdad que subió un impuesto o qué hizo su alcalde con determinado presupuesto, cada vez con más frecuencia no abre el portal del Estado ni el diario: le pregunta a un asistente de inteligencia artificial. Y ese asistente responde con una seguridad que ningún funcionario se atrevería a exhibir, sin citar fuentes visibles, y sin que el gobierno tenga forma de saber qué está diciendo en su nombre.

El ciudadano dejó de leer el boletín oficial. Le pregunta a una IA

Ya desarrollé en el primer artículo de esta serie cómo esto transforma la comunicación electoral. Pero en la comunicación de gobierno el fenómeno es, si cabe, más grave, por una razón simple: una campaña dura meses; un gobierno dura años, y durante todos esos años el intermediario automático está trabajando. Un candidato mal representado pierde una elección. Un gobierno mal representado pierde algo más difícil de recuperar: la capacidad de explicar lo que hace.

Publicar no es lo mismo que ser legible

Aquí está la distinción central de este artículo, y es la que separa a los gobiernos que van a sobrevivir bien a esta transición de los que no.

Durante quince años, la agenda de transparencia y gobierno abierto se midió con una vara: cuánto publicas. Portales de datos, presupuestos abiertos, contrataciones en línea, rendiciones de cuentas colgadas en la web. Y estuvo bien, fue un avance civilizatorio. Pero esa vara medía una cosa, la disponibilidad, y dio por sentada otra que ya no podemos dar por sentada: la legibilidad.

Un presupuesto publicado como PDF escaneado, con las cifras dentro de una imagen, es perfectamente público y perfectamente ilegible para una máquina. Un portal de datos que exige diez clics y un formulario para llegar a una cifra es transparente para el auditor con tiempo y opaco para el sistema que responde en tres segundos. Una rueda de prensa que solo existe como video de dos horas sin transcripción es un acto de comunicación que, para el intermediario automático, sencillamente no ocurrió.

Una cosa es estar disponible; otra es ser legible. Y los gobiernos de nuestra región están, en general, disponibles y no legibles. Publicaron durante quince años para el ciudadano, para el periodista y para el organismo de control, tres lectores humanos, y ninguno de esos tres es ya el lector que más veces al día consulta su información. El lector más frecuente pasó a ser una máquina que nadie invitó, y a esa máquina hay que aprender a hablarle, porque es la que le habla al ciudadano.

Quien no es legible para el sistema no es que aparezca mal: es que su versión de los hechos no está en la conversación. Y cuando la versión oficial falta, el vacío no queda vacío. Lo llena el adversario, el rumor, o la alucinación del propio modelo.

Lo que la ONU acaba de poner sobre la mesa

Esto no es una intuición de consultor. Es, punto por punto, lo que advierte el documento institucional más relevante publicado este año en la materia.

El Informe Preliminar del Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial de Naciones Unidas, difundido el 1 de julio y presentado en el primer Diálogo Global sobre Gobernanza de la IA celebrado en Ginebra, fue elaborado por cuarenta científicos a título personal, con un mandato explícitamente científico y no regulatorio, y con un capítulo específico dedicado a derechos humanos, información y democracia. Su advertencia central tiene una franqueza inusual para un texto multilateral: la IA avanza más rápido de lo que la ciencia puede comprenderla y de lo que los gobiernos pueden regularla, y esperar al consenso definitivo puede volver imposible cualquier regulación eficaz.

Léase esa frase desde la silla de quien gobierna. Significa que la norma que ordenaría este terreno no va a llegar a tiempo, y que el propio organismo llamado a impulsarla lo reconoce. La consecuencia práctica es incómoda pero liberadora: no tiene sentido esperar el marco legal para actuar. Lo que un gobierno tenga que hacer para no ser mal representado por las máquinas, tendrá que hacerlo antes de que exista la ley que se lo exija. El método antecede al milagro, también en la administración pública.

Tres decisiones que un gobierno puede tomar sin esperar a nadie

No hablo de grandes estrategias de transformación digital, que suelen morir en el diagnóstico. Hablo de tres decisiones concretas, ejecutables con los recursos existentes, que cambian la posición de un gobierno frente a este problema.

Primera: hacer los datos legibles, no solo públicos. La tarea no es publicar más; es publicar de manera que una máquina lo entienda. Cifras en formato estructurado y no en imágenes. Documentos con texto seleccionable y no escaneos. Ruedas de prensa con transcripción publicada el mismo día. Fichas claras de cada programa, cada trámite y cada dato, redactadas en lenguaje llano y con estructura estable. No es una inversión tecnológica mayor; es, sobre todo, una decisión de criterio editorial. Y su retorno es directo: cada dato legible es un dato que el intermediario automático puede citar correctamente en lugar de inventar.

Segunda: construir portavocía verificable. Si el problema es que se puede clonar la voz oficial, la defensa no es negar cada falso uno por uno, esa carrera se pierde, sino construir de antemano canales cuya autenticidad sea comprobable y conocida por la ciudadanía. Un lugar oficial, estable y sabido donde se confirma qué es verdad y qué no. La pregunta que todo gobierno debería poder responder es: cuando circule un audio falso del presidente -y va a circular-, ¿a qué fuente única, rápida y creíble se le dice al ciudadano que acuda? Si esa fuente no existe y no es conocida antes de la crisis, se improvisa durante la crisis, y ya vimos en el segundo artículo de esta serie que lo que se improvisa durante el incendio no funciona.

Tercera: tener un protocolo de suplantación firmado en frío. Antes de que ocurra. Quién detecta, quién valida que es falso, quién comunica, por qué canal, en cuánto tiempo, y crucial, qué no se hace, porque a veces la reacción amplifica más que el ataque. Un gobierno que se entera de que existe el problema el día que le clonan la voz del presidente ya llegó tarde. La diferencia entre una crisis de reputación institucional que dura horas y una que dura semanas casi nunca está en la tecnología de detección: está en si había un protocolo o hubo que inventarlo a las tres de la mañana.

Tres decisiones que un gobierno puede tomar sin esperar a nadie

La dimensión que casi nadie está mirando: las narrativas no respetan fronteras

Hay una capa adicional que en la comunicación de gobierno resulta especialmente peligrosa, porque las administraciones piensan casi siempre en clave nacional.

Las operaciones de desinformación contra gobiernos se diseñan y se venden como servicio, y cruzan fronteras. Los servicios europeos de detección de injerencia han documentado empresas privadas que operan campañas coordinadas simultáneamente en varios países. El argumento que erosiona a un gobierno en un país reaparece, con nombres locales, contra el gobierno vecino meses después. Y con los sistemas de IA esa circulación se acelera, porque los modelos no tienen fronteras nacionales: aprenden de todo el corpus disponible en un idioma y arrastran los marcos de un país al de al lado sin que nadie lo decida.

Para un gobierno, esto significa que monitorear solo la conversación doméstica es quedarse ciego a la mitad del tablero. La narrativa que mañana lo golpeará puede estar ensayándose hoy a dos países de distancia. Quien la reconoce cuando todavía está lejos tiene tiempo de preparar la respuesta; quien la descubre cuando ya entró, solo tiene tiempo de sufrirla.

Por eso en RR & Cía trabajamos con un sistema de notas de inteligencia narrativa que incorpora de forma deliberada la dimensión transnacional. Una nota de inteligencia narrativa no cuenta menciones ni mide ruido: identifica qué historia se está construyendo, quién la sostiene, con qué recursos y hacia dónde se dirige, y lo rastrea también fuera de las fronteras del cliente, para anticipar los marcos antes de que aterricen. Es la misma disciplina del diagnóstico narrativo en seis pasos, aplicada al seguimiento continuo que un gobierno necesita, y no solo al arranque de una campaña.

La lectura estratégica

La primera idea: para un gobierno, la reputación algorítmica no es un asunto de imagen, es un asunto de gobernabilidad. Un gobierno que no puede explicar lo que hace pierde la capacidad de sostener sus propias políticas, porque toda política necesita un relato que la haga comprensible. Si ese relato lo redacta una máquina mal alimentada, la política más sólida se vuelve incomprensible, y lo incomprensible se vuelve impopular.

La segunda: la transparencia entendida solo como publicación se ha vuelto insuficiente sin dejar de ser necesaria. Publicar sigue siendo obligatorio; pero publicar ilegible es, ante la máquina, casi lo mismo que no publicar. La nueva frontera de la rendición de cuentas no es cuánto muestras, sino cuán legible es lo que muestras para quien hoy intermedia la información.

La tercera, y la que más cuesta asumir dentro de una administración: esto no se resuelve creando una unidad de tecnología. Se resuelve con una decisión de comunicación al más alto nivel sobre cómo el gobierno quiere ser leído, por humanos y por máquinas, y sosteniéndola en el tiempo. La herramienta es lo de menos. El criterio es lo de más. Un gobierno sin una idea clara de qué historia cuenta no confunde solo a los ciudadanos: confunde también a los sistemas que se la explican a los ciudadanos.

Si tienes responsabilidad sobre la comunicación de una institución

Si diriges la comunicación de un gobierno, un ministerio o una administración local, hay un ejercicio que puedes ordenar esta misma semana, sin presupuesto: pregúntales a tres o cuatro asistentes de IA qué hace tu institución, qué dice tu principal política y si es cierta la acusación más repetida en tu contra. Registra las respuestas. Vas a encontrar cargos que ya no existen, cifras equivocadas, políticas mal descritas y, sobre todo, silencios donde debería estar tu versión. Eso es tu línea de base de reputación algorítmica, y es el punto de partida de todo lo demás.

En Ramón Ramón & Cía (RRyCía) acompañamos a equipos de comunicación de gobierno e instituciones en América Latina y España, con diagnóstico narrativo, sistemas de inteligencia narrativa y protocolos de respuesta ante desinformación y suplantación. Si quieres conversar tu caso en confidencialidad y sin compromiso: contacto.