El 23,5% que no simpatiza con ningún partido es el dato que de verdad ordena 2028. No es un indeciso: es un votante que no le pertenece a nadie. Y a ese no se le conquista con maquinaria ni con apellido.
Todas las encuestas dominicanas que se publican estos meses cuentan la misma historia, y casi todas la cuentan mal. Leen los números de cabeza de cartel, Collado domina el PRM, Leonel retiene la Fuerza del Pueblo, que si Omar gana en todos los escenarios cruzados, y convierten la política en una carrera de caballos a dos años de la meta. Es entretenido. Pero es leer el número equivocado.
Porque el dato que de verdad ordena 2028 no está en quién encabeza. Está en cuánta gente ya no encabeza nadie.
La más reciente Gallup–Diario Libre lo dice con una nitidez que conviene no esquivar: el Partido Revolucionario Moderno lidera la simpatía partidaria con un 30,4%, mientras la Fuerza del Pueblo y el PLD aparecen prácticamente empatados en torno al 19%. Hasta ahí, la foto previsible. Lo que cambia todo viene después: el 23,5% de los entrevistados afirma no simpatizar con ninguna organización política. Casi uno de cada cuatro dominicanos no le pertenece a ningún partido. Ese es el bloque más grande del país después del PRM. Y no tiene dueño.
Indeciso no es lo mismo que desanclado

Aquí hace falta una distinción que la mayoría de los análisis se salta, y que lo cambia todo.
Un indeciso es alguien que todavía no eligió entre opciones que sí reconoce como suyas. Tarde o temprano, vuelve a casa. Un votante sin ancla es otra cosa: es alguien sobre quien ningún partido tiene un derecho previo. No está dudando entre lealtades. No tiene lealtad que activar. Y esa diferencia, que parece semántica, es estratégica: al indeciso lo moviliza la maquinaria de su partido; al desanclado, la maquinaria no lo alcanza, porque no figura en el padrón emocional de nadie.
El propio Diario Libre lo interpretó en esa dirección: un sistema menos dominado por lealtades rígidas y más condicionado por liderazgos individuales, percepción de gestión y capacidad de atraer independientes. Traducido al oficio: la elección dominicana se está moviendo de una lógica de pertenencia a una lógica de evaluación. Y son dos juegos distintos, con dos manuales distintos.
El que llegue a 2028 jugando al primero (contar afiliados, encender estructura, apelar a la fidelidad) va a movilizar bien a su base y va a rebotar contra ese 23,5% como contra un cristal. La estructura conquista a los que ya son tuyos. Al que no le pertenece a nadie se le conquista con relato.
Por qué el apellido es un activo que puede volverse jaula
Mírese cada partido a la luz de ese 23,5% y el diagnóstico se ordena solo.
La Fuerza del Pueblo tiene el caso más claro. Dentro de sus propias filas, Leonel Fernández sigue mandando: la Gallup le da un 64,9% como opción presidencial entre simpatizantes de la FP, frente al 31,7% de Omar Fernández. Y el propio expresidente, hace apenas días, dejó la puerta abierta a presentarse él mismo en 2028: las encuestas, dijo, todavía no lo están enviando al retiro. El dato interno es inequívoco. Pero el dato interno es, justamente, el problema. Porque la lealtad que hace a Leonel imbatible dentro de la FP es la misma que tiene techo fuera de ella. Otras mediciones cruzadas muestran a Omar rindiendo mejor en escenarios abiertos, precisamente donde vive el votante sin ancla. El apellido que moviliza a la base es el mismo que le pone un techo al partido. Quién encarne la candidatura no es un asunto de cariño interno: es una decisión sobre a qué electorado se renuncia.

El PRM tiene el problema inverso, y no por ello menor. Lidera con comodidad, David Collado ronda el 61,8% de preferencia entre los suyos, con Carolina Mejía segunda en torno al 21%, pero la historia dominicana está llena de oficialismos sólidos que empezaron a fracturarse el día que tocó decidir el relevo. Administrar una sucesión sin coronar demasiado pronto ni dispersar demasiado tarde es un ejercicio de relato, no de aritmética interna. Un favorito que se comporta como heredero ahuyenta al independiente, que detesta que le digan que la decisión ya está tomada.
Y el PLD, descolgado a un tercer lugar, tiene el problema más básico de todos: necesita volver a existir en la conversación antes de poder competir en la urna. Para ese 23,5%, hoy, el PLD no es una opción rechazada. Es una opción ausente. Y de la ausencia no se remonta con nostalgia.
Lo que el votante sin ancla está pidiendo (y casi nadie le ofrece)
Si el 23,5% no responde ni a estructura ni a apellido, ¿a qué responde?
Responde a la pregunta que ningún spot dominicano está contestando todavía: «¿para qué?» No «¿de quién eres?», que es la pregunta de la pertenencia. No «¿a quién conoces?», que es la pregunta de la maquinaria. Sino para qué sirve esta candidatura, qué problema del país resuelve, qué cosa cambia el martes después de la elección. El votante desanclado se soltó de los partidos precisamente porque dejó de creer que la respuesta a esa pregunta dependiera del color. Quiere proyecto, no pertenencia.
Esto no es una intuición optimista. Es lo que el dato describe: un electorado que evalúa gestión y liderazgo individual por encima de la etiqueta. Y es, además, el terreno donde la comunicación política gana o pierde de verdad, porque es el único segmento que todavía está en juego. Como he sostenido en el nuevo manual de campaña electoral en América Latina, las elecciones de este ciclo ya no se ganan sumando a los convencidos: se ganan construyendo un relato que le dé sentido al voto de quien no tenía por qué darlo.
El número se mueve. Pero no se mueve solo.
Hay una tentación, en política, de tratar un dato como el 23,5% como si fuera clima: algo que pasa, que se observa, que se comenta. No lo es. Un electorado desanclado es la condición más favorable que existe para mover la intención de voto, porque es el escenario donde las posiciones no están consolidadas y un relato bien construido todavía puede ordenarlas.
Lo vimos, con cifras, en Costa Rica: una candidatura que partía con 8-9% terminó con el 33,4% de los votos, no por un golpe de carisma, sino por leer correctamente el estado de ánimo del electorado y reordenar la narrativa sobre lo que el candidato sí podía sostener. Esa remontada empezó donde empieza todo lo que funciona: en un diagnóstico narrativo serio, no en una ocurrencia de creativos. El método antecede al milagro.
La elección dominicana de 2028 no se va a decidir en el bloque que ya tiene dueño. Se va a decidir en el 23,5% que no le pertenece a nadie. La pregunta para cada aspirante, del partido que sea, no es cuántos afiliados tiene. Es si tiene una historia capaz de anclar a quien decidió no anclarse en nadie.
Eso no se compra con pauta. Se construye con diagnóstico. Y se construye ahora, en este período silencioso, no en la recta final de 2028, cuando ya no haya tiempo de corregir.
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