Encontramos oradores que suben a la tribuna parlamentaria como quien entra en misa, con la solemnidad impostada del que se cree heredero de un púlpito moral. Y luego está Aitor Esteban, que siempre habló como quien se sienta en la barra de un bar a poner orden en una conversación con demasiados altavoces, pero sin olvidar que la corrección y el decoro son exigencias democráticas y reglamentarias.
Esta semana se ha despedido del Congreso de los Diputados de España con el aplauso sincero —y poco habitual— de la mayoría de la Cámara. No creo que Esteban esperara el refrendo unánime, porque su prudencia y visión política no han beneficiado a todos por igual. El líder conservador del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, no le perdona que le negara los votos nacionalistas para su investidura, cuando ya tenía cerrado el pacto con la ultraderecha.
Nacido en Bilbao en 1962, doctor en Derecho, profesor universitario antes que político, Aitor Esteban ha sido durante más de una década el portavoz del PNV en Madrid, es decir, del pragmatismo político en esencia, una demostración de que el fin no justifica los medios. Su voz, templada y socarrona, se convirtió en una rara forma de inteligencia emocional en el hemiciclo, un termómetro del estado de la Nación. “No somos un partido de obediencia ciega”, dijo una vez. “No somos floreros”, sentenció en otra. Frases que ya circulan en manuales de retórica parlamentaria por su capacidad de decir mucho con pocas palabras.
Su estilo no buscaba titulares, sino silencios. El de la propia Cámara. El silencio del auditorio es el principal indicador del éxito de un parlamentario o parlamentaria. Quien logra que le presten atención, quien disfruta del derecho de ser escuchado —del que se lamentaba Michael Ignatieff— ha ganado la mitad del partido retórico.
Cuando el político vasco replicaba con un simple “hombre…” cargado de sorna, dejaba claro que también se puede persuadir sin elevar la voz. En su despedida no hubo estridencias, solo un tono cálido, irónico, elegante. Seguirá siendo el interlocutor del nacionalismo vasco con las cúpulas capitalinas, ahora como presidente del PNV, un partido-sociedad en el País Vasco, acuciado en las urnas por el nacionalismo feminista, ecologista y renovado de Bildu, que ha soltado amarras de su pasado. En Euskadi, su vinculación con la violencia abertzale ha sido olvidada por parte de la sociedad que precisamente la sufrió, sobre todo entre los jóvenes.
El reto de Aitor Esteban es renovar una organización con 130 años de historia y una sala de máquinas que ya la quisieran otras formaciones políticas centenarias.
Como quien sabe que la historia no la escriben los que gritan más, sino los que saben hablar cuando toca, Esteban se ha ganado un lugar en la historia parlamentaria española.
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