
Las encuestas dan al bloque conservador una mayoría cómoda, igual que se la daban en julio de 2023. El problema no son los casos judiciales, que tienen sustancia. Es el excedente: todo lo que se añade encima y no aporta una prueba más. Ahí, y solo ahí, es donde vive el backfire.
Por Dani L. Ruiz
Los tiempos de la comunicación política actual dejan poco margen a la planificación estratégica. El ciclo premia el reflejo sobre el criterio, el titular de hoy sobre la posición de dentro de seis meses, y el reduccionismo pragmático sobre cualquier explicación que necesite más de un párrafo. Cuando el adversario cae, la tentación de todo equipo es empujar. Es la reacción natural. Y es, casi siempre, el momento en que se toman las peores decisiones del ciclo.
España se ha convertido estos meses en el laboratorio más interesante de Europa para observar ese mecanismo. No por el desenlace, que nadie conoce, sino porque reúne las tres condiciones que la literatura exige para que un ataque empiece a trabajar contra quien lo lanza: un electorado estructurado en bloques, un adversario judicialmente cercado y un atacante con todos los incentivos para no parar.
Conviene decir desde el principio lo que este artículo no sostiene. No sostiene que Pedro Sánchez vaya a remontar; los datos disponibles apuntan exactamente al revés. Sostiene algo más incómodo para quien va ganando: que a estas alturas el margen de la victoria ya no depende de los casos, sino de cómo se administren.
Sesenta años de evidencia sobre el ataque excesivo
El efecto backfire no es una intuición de tertulia. Tiene una genealogía larga y bastante bien documentada.
El mecanismo base lo formuló Jack Brehm en 1966 con su teoría de la reactancia psicológica: cuando alguien percibe que le fuerzan la mano, reacciona en dirección contraria para recuperar la sensación de libertad. Sherif y Hovland añadieron la pieza que falta en casi todos los análisis: un mensaje que cae fuera de la latitud de aceptación del receptor no persuade menos, persuade al revés. Produce contraste. Empuja.
En campaña, el debate está mejor acotado de lo que se cree. Merritt y Garramone identificaron ya en los ochenta lo que hoy circula en cualquier manual: el efecto bumerán propiamente dicho y el síndrome de víctima, que aparece cuando el votante percibe el ataque como injusto y desarrolla simpatía hacia el atacado.
Pero la pieza decisiva es de Fridkin y Kenney, y es la que casi nadie cita bien. Lo que decide el signo del efecto no es la dureza del ataque: es su pertinencia. El ataque relevante funciona, y funciona muy bien. El irrelevante rebota. Un meta-análisis clásico (Lau, Sigelman y Rovner) llegó a la conclusión de que la campaña negativa, en promedio, ni moviliza ni desmoviliza de forma fiable. La media esconde el fenómeno. La varianza es donde está el negocio.
Traducido al oficio: el ataque no falla por ser duro. Falla por ser sobreactuado.
En España no se convence: se moviliza

Los bloques ideológicos no fluctúan a la velocidad a la que fluctúa el ruido. La gente no pasa de progresista a conservadora en un trimestre, ni cambia su eje de preferencia entre libertad y seguridad porque haya un titular. Son corrientes de fondo generacionales que tardan décadas en consolidarse.
La prueba más limpia de esto en España no está en los techos y suelos de cada partido, que se mueven muchísimo, sino en la estabilidad de la suma frente a la volatilidad de sus componentes. Entre abril y noviembre de 2019, Ciudadanos pasó del 15,9% al 6,8%. Un desplome histórico. El bloque de la derecha nacional apenas se movió: lo que Ciudadanos perdió lo absorbieron PP y Vox. Cuatro años después, con Ciudadanos ya extinguido, PP y Vox sumaban el 45,4% frente al 44,0% de PSOE y Sumar.
De 2015 la derecha oscila en una banda de 42,64 a 46,09 y la izquierda de 42,99 a 46,34. Tres puntos y medio de recorrido cada una en cuatro elecciones y ocho años, con Ciudadanos naciendo, explotando y desapareciendo, y con Vox irrumpiendo de cero al 15%. La diferencia entre bloques no ha superado nunca los 3,7 puntos. La redistribución interna fue brutal. El agregado de bloques ideológicos permaneció casi inmóvil:
Esto tiene una consecuencia operativa que en España se enuncia mucho y se opera poco: en un cuerpo electoral así, la victoria y la derrota no se deciden convenciendo al del otro bloque. Se deciden movilizando al tuyo o desmovilizando al suyo. Todo lo demás es decoración.
Y si el juego es de movilización, entonces cualquier estímulo que reactive al adversario no es un daño colateral. Es una derrota.
Lo que pasó en 2023 y las encuestas no vieron
El 23J es el precedente que debería estar sobre la mesa de todos los comités de campaña ahora mismo.

En las semanas previas, varias casas situaban a PP y Vox por encima de los 180 escaños. GAD3 para ABC daba una horquilla de 175 a 183. El Debate hablaba de 152 diputados para el PP y de una mayoría holgada con Vox. El resultado fue PP 137 y Vox 33: 170 escaños, seis por debajo de la mayoría absoluta. Algunos sondeos inflaron al PP en hasta catorce escaños. Mientras tanto, el PSOE, al que se le estimaba en torno al 28,6%, terminó en el 31,70%.
Tres puntos aparecidos de la nada. Salvo que no aparecieron de la nada.
La explicación que sostuvieron las post-electorales combina dos factores: voto oculto y, sobre todo, una aceleración de la movilización en las últimas tres semanas, alimentada por el antagonismo con la extrema derecha y por la hipótesis de cogobierno, que dejó de ser abstracta cuando los pactos autonómicos posteriores al 28M la hicieron visible y tangible.
Aquí está la lección metodológica, y es la que interesa al consultor: el backfire es un fenómeno de activación tardía. No aparece en la serie porque, por construcción, no puede aparecer. Se produce en la ventana en la que la encuesta ya no mide y el votante todavía decide. Quien lea el promedio de hoy como un pronóstico está cometiendo, con distinto signo, el error de 2023.
Por qué el caso Zapatero no es el ejemplo que parece
Y ahora la parte incómoda, que es la que ni el bloque conservador ni el progresista van a escribir, y por eso la escribo desde fuera.
La tentación analítica es señalar el caso Zapatero como el momento del exceso: tocar el mito fundacional de la izquierda de los 2000 debería, según el manual, activar al votante que ya se iba. Es una lectura equivocada, y conviene entender por qué, porque en ese porqué está todo el artículo.
El síndrome de víctima exige percepción de desproporción. Y una imputación de la Audiencia Nacional por presunto tráfico de influencias en torno a un rescate de 53 millones, con dos millones en comisiones atribuidos al entorno y móviles desechables en el sumario, es muchas cosas, pero desproporcionada no lo parece. Donde hay prueba, no hay bumerán. El mecanismo de Brehm necesita que la presión se perciba como arbitraria; frente a un auto judicial documentado, lo que se activa no es la reactancia: es la vergüenza. Y la vergüenza no moviliza. Desmoviliza.
Los datos lo confirman sin ambigüedad. El promedio de sondeos con proyección sitúa hoy a PP y Vox en el entorno de los 200 escaños, con Vox por encima del 17% frente al 12,4% del 23J, y al conjunto de PSOE, Sumar y Podemos cerca de 117. Target Point mide al PSOE en el 25,6% con un 21,9% de indecisos. Eso no es un electorado reactivado. Es un electorado retirándose.
Cualquier análisis que hoy afirme que el cerco judicial está beneficiando a Sánchez está confundiendo el deseo con el diagnóstico.
Dónde vive de verdad el backfire
Entonces, ¿se ha desactivado el mecanismo? No. Se ha desplazado.
Si los casos son sólidos, la simpatía hacia el investigado deja de ser la vía. Pero queda la otra, y es la que operó en 2023: el backfire no lo dispara la compasión por el adversario, lo dispara el miedo a lo que viene detrás del adversario. El votante de izquierdas de julio de 2023 no volvió a las urnas porque creyera en Sánchez. Volvió porque le pareció ver un gobierno con Vox dentro.
Ese mecanismo es independiente de la culpabilidad. Funciona aunque el votante dé por hecho que la corrupción existe. Y esa es exactamente la razón por la que el excedente importa: cada gesto que añade teatralidad sin añadir prueba no debilita a Sánchez, lo que hace es dar volumen a la única imagen capaz de mover al bloque contrario en torno a la narrativa del Lawfare. La sobreactuación no genera víctima. Genera silueta.
Traducido: la derecha no tiene un problema con lo que denuncia. Tiene un problema con lo que se pone encima de lo que denuncia.
La lectura estratégica

Propaganda de Giorgia Meloni usando el backfire acusando a la magistratura de izquierdista
Para quienes trabajamos en la región, España ofrece algo que la conversación latinoamericana sobre el lawfare rara vez permite ver: el mecanismo funcionando al revés. Aquí no hay que sostener que los jueces son de izquierdas, como en la Italia de Berlusconi; aquí la composición del alto tribunal se presume conservadora, y el maco de la persecución se ha establecido como predominante entre el voto duro y semiduro de la izquierda, con una traslación aún por comprobar en las encuestas que llegarán tras el verano. La razón no es ideológica. Es probatoria. Es la misma lección que dejaron los casos de Lula, Cristina o Correa cuando se leen sin militancia: el relato de la persecución vive de la ausencia de sentencias, y muere el día en que llega la primera.
De ahí salen tres decisiones concretas para cualquier equipo que esté atacando a un adversario cercado. Primera: separar el expediente del espectáculo, porque el expediente convence y el espectáculo activa. Segunda: dejar de medir el éxito del ataque en impacto y empezar a medirlo en pertinencia percibida, que es la variable de Fridkin y Kenney y la única que predice el signo. Tercera: vigilar la silueta propia, porque en un sistema de bloques el adversario no te gana con su relato: te gana con el tuyo mal administrado.
El bloque conservador español lleva meses ganando el argumento, principalmente entre los votantes que ya tenían decidido el voto a su bloque, pero una mala gestión de la comunicación política y de la campaña de desgaste contrario podría conllevar el efecto contrario, un backfire que movilice al votante de izquierda y centro progresista que ante la situación actual se decantaba por la abstención.
Porque en política el exceso nunca se cobra donde se comete. Se cobra tres semanas antes de votar, cuando ya no hay encuesta que lo vea venir.
