No fue una decisión ni una política. Fue apenas un rumor. Y, sin embargo, en cuestión de minutos, Wall Street reaccionó como si un giro histórico se hubiese producido. La escena tuvo lugar el 7 de abril de 2025, cuando Kevin Hassett, asesor económico de la Casa Blanca, deslizó en Fox News una declaración ambigua sobre una supuesta pausa en los aranceles estadounidenses, excluyendo a China. Bastó esa frase, reproducida en titulares fragmentarios y amplificada en las redes, para desencadenar un breve frenesí en los mercados. Luego vino la corrección oficial, el desmentido y el ajuste, como el telón que cae bruscamente al descubrir que la obra que hemos aplaudido no era más que un ensayo general.
Desde el punto de vista comunicativo, el caso es revelador. En el nuevo ecosistema mediático, donde lo importante no es el hecho sino su efecto emocional inmediato, el rumor opera como una forma de ficción: se impone no por su veracidad, sino por su verosimilitud. El relato tenía todos los ingredientes para ser creído: una fuente oficial, una historia de alivio económico, un antagonista (China) y una resolución parcial que sintonizaba con el deseo colectivo de descompresión comercial. La euforia no se produjo porque la noticia fuera cierta, sino porque queríamos que lo fuera.
Robert Shiller, premio Nobel de Economía, ha descrito estos fenómenos como “narrativas económicas contagiosas”. Según su teoría, ciertos relatos se propagan como virus: no porque informen, sino porque conectan con una emoción latente. Se trata de historias que circulan de boca en boca (o de tweet en tweet), que se repiten, se simplifican y se condensan hasta volverse irresistibles. En este caso, lo que se activó fue una micronarrativa de esperanza, de tregua en la guerra arancelaria, que encontró terreno fértil en un mercado ansioso, hipersensible y habituado a la volatilidad.
Un episodio reciente refuerza esta lógica viral: el del presidente argentino Javier Milei y su efímero respaldo a la criptomoneda $LIBRA. En febrero de 2025, Milei promovió en redes sociales un proyecto que prometía financiar pequeñas empresas mediante esta divisa digital. La narrativa era potente: libertad, tecnología, disrupción. Pero pronto se descubrió que la mayoría de los tokens estaban concentrados en unas pocas billeteras, lo que revelaba indicios de fraude. El presidente retiró el mensaje, aduciendo desconocimiento. Lo que quedó fue otra muestra del poder simbólico del relato: una sola publicación bastó para inflamar expectativas, mover dinero y construir —o destruir— confianza.
La rapidez con la que se genera y se derrumba una narrativa económica no habla solo de su fuerza persuasiva, sino también de su fragilidad. Como en una fábula mal contada, basta un acto de verificación para que la ilusión se deshaga. El mercado, ese animal narrativo por excelencia, actúa como un público crédulo, entregado al aplauso antes del desenlace. La historia era buena, demasiado buena como para comprobarla.
Este tipo de episodios, fugaces pero reveladores, nos recuerdan que la economía no es solo una cuestión de cifras, sino de ficciones compartidas. Narraciones que, como los mitos, no necesitan ser ciertas para ser efectivas. A veces, basta un susurro mal interpretado —o un tuit presidencial— para que el capital reaccione como si la Historia hubiese dado un vuelco. Pero no fue la Historia: fue apenas una historia. Una más.
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